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Los primeros 15 minutos fueron un monólogo de Boca. No sólo porque en ese lapso convirtió su único gol (a través del juvenil Tévez), sino también porque manejó la pelota a voluntad y tuvo varias chances de ampliar diferencias. Si Balbo hubiera concretado en la medida de las posibilidades que dispuso o Riquelme acertaba con algún re-mate de larga distancia -que pasaron muy cerca de Tavarelli-, seguramente se estaría hablando de otra historia.
Lo cierto es que Boca dejó pasar el tren y luego entró en un desconcierto generalizado. Serna se lesionó, y Tabárez se vio en la obligación de cambiar «sobre la marcha». Ingresó Pérez, un jugador de características más ofensivas, y toda la responsabilidad de obstruir el circuito creativo de Olimpia quedó en los pies de Battaglia. Allí estuvo la clave del partido; porque Ortemán y Quintana comenzaron a capitalizar los espacios que dejó Boca en el mediocampo y obligaron a Battaglia a retroceder unos metros, para colaborar con Traverso y Schiavi, que a esa altura ya mostraban algunos desacoples defensivos.
Los roles se invirtieron; Olimpia salió a buscar el resultado, algunas veces, haciendo correr la pelota a través de Gastón Córdoba o el propio Ortemán; y otras, provocando el error ajeno, mediante una presión asfixiante que ejerció la dupla ofensiva (Báez-Caballero) sobre los centrales de Boca. Las carencias de Boca se multiplicaron cuando se apagaron Riquelme y Tévez, y cuando Traverso no encontró otro recurso que la infracción para frenar los embates de los paraguayos.
Se podría decir que el empate estuvo bien, más allá de que el gol visitante se produjo como consecuencia de una desafortunada jugada de Traverso, que venció su propio arco con un cabezazo.
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