29 de marzo 2001 - 00:00

Récord y ovación merecida a Simeone

Cuántos recuerdos habrán invadido a Diego Simeone cuando transitó con sus hijos ese trecho que lo llevaba al centro del terreno para recibir una placa de oro de Lazio, otro testimonio de la AFA y la mirada atenta de Paulo Futre, que intenta repatriarlo al Atlético Madrid. Y el testimonio del aplauso que surgió espontáneo y se hizo ovación.

Cien partidos en la Selección nacional de un país es más que una parte de su existencia
. Es secuencia imborrable, momentos inolvidables, la sensación de algún sabor amargo y alguna lágrima de felicidad. Es historia caliente de su propia vida.

De su paso por estos cien partidos pueden dar fe Bilardo, Basile, Passarella y Bielsa.

¿Cómo se hace para llegar a hombre récord? se preguntarán algunos. El mismo interrogante se hace Simeone, y le da ambigua respuesta cuando sostiene que sintió «algo distinto, diferente, no sé si eran nervios...». Sin embargo, en la reflexión se excluye para señalar que no podía haberlo hecho sin la ayuda de los muchos compañeros que tuvo en su carrera.

Es posible que algo de cierto haya en todo esto, aunque nadie puede dudar de que hay que reunir condiciones naturales para alcanzar un logro semejante. Una gran personalidad, una manera de ser por lo menos diferente y una predisposición para ganarse un lugar en el corazón de los demás. La amistad y el reconocimiento de todos, sin llegar a ser caudillo.

Decir un «no» en el momento exacto y un «sí» hasta cuando debía, por pedido o decisión del técnico, jugar en algún lugar distinto al habitual. Actuó por derecha, por izquierda, de «cinco», de «ocho», haciendo marcación de «hombre» o trabajando «en zona». Como si lo que es en lo futbolístico, le pusiera un valor agregado que no es otra cosa que el sacrificio como norma.

Se podría escribir un libro de este jugador. Hasta siempre tuvo alguna palabra de acercamiento ante algún «cortocircuito» con la prensa. Por todo eso y muchísimo más: ¡gracias, Simeone!

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