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La primera hipótesis que se manejó fue que se estaban empleando las acciones como medio de sacar dinero «cautivo» en el sistema bancario al exterior. Se compraban acciones locales, se creaba un ADR con ellas que era transferido a Nueva York, donde se vendían inmediatamente, aun con alguna perdida. Como contrapartida, quien realizaba la operación recibía un cheque girado contra algún banco norteamericano. La prueba de que esto estaría ocurriendo era para muchos la inversión en la prima de los ADR, que tradicionalmente cotizaban a un valor superior al de las acciones subyacentes y ahora lo hacían a uno inferior.
Los magros resultados que han estado obteniendo las empresas cotizantes desde 1998 y el gris futuro (por decir lo menos) que se vislumbra para los próximos cuatro o cinco años posteriores a que salgamos de la actual crisis hablan de que este argumento no es de los mejores, ya que, si las cosas van por el peor camino que imaginamos, sólo se cambia la expropiación del Estado por la expropiación que hará el mercado.
El último argumento que se escuchó -hay que aclarar que ninguno de los tres fue excluyente para los demás- fue el más viejo de todos y se encuentra asentado en el folklore bursátil:
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