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Quien examine el mercado de petróleo advertirá que su pujanza radica en la demanda que, en el margen, ejerce el mundo fuera de la OCDE. Que los inventarios comerciales hayan aumentado cada una de las últimas seis semanas en los EE.UU., por caso, no inhibió que el crudo superara, estos días, el umbral de los 100 dólares por barril. Por lo visto, las presiones no sólo pueden persistir, sino también profundizarse. Y esto sin mentar la capacidad del cartel de la OPEP de variar a su voluntad la oferta disponible de corto plazo.
Más aún, si la baja agresiva de tasas de 2001-2003 alentó la bonanza inmobiliaria hasta niveles que hoy se consideran como el paroxismo, la estrategia reflacionaria alimenta, estos días, una corriente de especulación de similar naturaleza. Corporizada, por supuesto, en otros bienes reales. Bien se sabe que nadie pierde el sueño ya por poseer una ubicación irrepetible en la primera línea de playa en Miami Beach.
Hoy es el turno de los commodities. Cunde una fiebre por las materias primas que se acentuó con la baja de tasas (la ya producida y la por venir) motivada, a su vez, por la debilidad que se esparce en la demanda de bienes finales. En el tiempo, resulta obvio, algo deberá ceder.
Desde el punto de vista de la economía norteamericana, el auge actual de los commodities supone grandes diferencias con la bonanza inmobiliaria de antaño. Su impacto patrimonial y sobre el ingreso disponible es de signo contrario. El estímulo que genera sobre la producción y el empleo internos, muchísimo más reducido. De hecho, la extracción petrolera fue inferior en 2007 a la de 1997. Por último, su incidencia en los registros de precios (y en la percepción de inflación) no guarda parangón. Energía y alimentos explican, en forma directa, casi un cuarto de la canasta del IPC en los EE.UU. La inflación núcleo podrá predecir mejor la tendencia de los precios a largo plazo, pero es obvio que la erosión del poder de compra del consumidor sigue los pasos de la versión general, ya que no es posible prescindir ni del alimento ni del combustible.
No es por cierto que la vivienda no juegue un rol en la cesta del consumo. A decir verdad, el peso relativo del alojamiento es todavía mayor (32,6%). Pero para quien habita su propia casa, ello no constituye una erogación. Y, si bien las estadísticas contemplan su imputación, no son los precios de la vivienda, sino su renta (alquiler) lo que entra en la hoja de cálculo. Y una efervescencia inmobiliaria, entre otras facetas, distorsiona la relación entre ambos. Así, el avance anual de dos dígitos en los precios de la vivienda no penetró nunca, de lleno, los índices de inflación durante los años de bonanza. Contrario sensu, la deflación actual de los bienes raíces tampoco se registra. Mediciones como Case-Schiller apuntan una caída de 7,7% en el último año a noviembre; el renglón del alojamiento, en cambio, asigna un encarecimiento de 3,1% (que se acelera a 3,5% en los tres meses más recientes).
Con todo, una mano no lava la otra. La dinámica reciente de las presiones inflacionarias es motivo cabal de preocupación. La Fed ha concentrado su artillería en un objetivo de crecimiento aceptando -pero no ignorando- los riesgos de inflación. Que, pruebas al canto, se están materializando. Las minutas de enero lo reconocen, aunque a la par asumen la escasez de medios. No se le cierra allí la puerta a una nueva disminución de tasas, pero se advierte que una reversión -incluso rápida- puede ser necesaria para conjurar el trastorno, una vez que se afiance el nivel de actividad. Como una aerolínea que opera con un solo avión, promete cubrir dos destinos distantes. Aunque los pasajeros a Chicago deberán esperar que primero la nave regrese de la Florida. En ese sentido, los mercados de futuros descuentan que el vuelo de marzo traerá una nueva reducción de tasas de interés.
Pero si se leen con cuidado los mensajes recientes de muchos de los personeros de la Fed -incluyendo al gobernador Fred Mishkin, quien anticipó en Jackson Hole la ofensiva de «blitzkrieg» (guerra relámpago) que aplicó la entidad-, el orden de precedencia no está escrito en piedra. No es la economía ni la inflación, sino la estabilidad de las expectativas de inflación la que determina la conveniencia de persistir por la senda actual. La teoría, si no la praxis, es por demás cristalina: si las expectativas descarrilasen, la Fed debería abstenerse o practicar una suba de tasas. Y son palabras literales de Mishkin de apenas diez días atrás. Anteriores a la decepción del informe de precios de enero.




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