Facsímil del documento en el que Roberto Lavagna y
Guillermo Nielsen piden la privatización del Banco Ciudad
colocando acciones en la Bolsa.
Si esta nota fuera publicada en el monopolio «Clarín», llevaría por título «El día en que Lavagna y Nielsen casi privatizan el Banco Ciudad». Por suerte no es necesario caer en esa mala literatura. Mejor preocuparse por desentrañar o, al menos, describir el enigma al que se enfrentarán hoy quienes asistan, en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, a la asunción del nuevo presidente de esa casa bancaria, Julio Macchi.
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Este funcionario, ex titular de la Bolsa, ex director por el Estado en el Banco Hipotecario y dirigente de River, llega a su sillón impulsado por Guillermo Nielsen, el secretario de Hacienda del Gobierno porteño. Los dos dan la impresión de iniciar una nueva era, un comienzo absoluto. Sin embargo, no es la primera vez que se cruzan el apellido Nielsen y la marca Banco Ciudad.
En agosto de 2002 ya estuvieron relacionados. A tal punto que Nielsen le hizo suscribir a Roberto Lavagna una carta, dirigida al entonces jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, recomendando la privatización de «cierto porcentaje» del banco.
La nota es reveladora no sólo de los planes del equipo económico que presidía Lavagna y tenía a Nielsen como secretario de Finanzas.
También muestra que la resistencia del ministro a las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional no era tan universal como aparece en sus construcciones retrospectivas (como para Borges, también para el viejo librero, «el pasado es arcilla que el presente labra a su antojo, interminablemente»). En efecto, la razón principal por la que aquellos funcionarios aconsejaban a Ibarra la privatización del banco era «acceder a un programa respaldado por el FMI». Tampoco se mostraron nada heterodoxos en otro consejo: el de contratar una consultora «que contribuya al replanteo estratégico» del banco.
¿Seguirá Nielsen pensando en transitar esta senda o eran ideas que anidaron en su cabeza sólo durante la crisis? ¿Qué hay que esperar de Lavagna al respecto, ahora que es candidato presidencial? La pregunta debe desdoblarse por una novedad de los últimos días: el ex ministro se encargó de hacer notar que no coincide con la gestión de su ex subordinado, al criticar que la Ciudad de Buenos Aires también esté perdiendo el superávit del que disfrutaba (programa «Fuego cruzado» del domingo pasado). Misterios que deberán arbitrar los radicales y peronistas que postulan al fundador de Ecolatina, gente abrazada desde hace décadas a «la causa de la banca pública», como Leopoldo Moreau, por ejemplo (aquí debería mencionarse también a Eduardo Duhalde, si no fuera porque era el presidente mientras Lavagna firmaba su carta privatizadora).
Sea como fuere, el pasado puede ser en este caso una guía del futuro y por eso conviene exhumar las recomendaciones de aquellos técnicos expresadas en la carta que firmó Lavagna y acompañó Nielsen con sus inconfundibles iniciales:
Además de contratar a una consultora, reducir los costos del banco entre 20% y 30%.
«Poner en marcha cuantoantes un plan ambicioso de disposición de activos, incluyendo tanto la gestión de cobro de los préstamos en mora como la venta de las compañías no estratégicas.»
«Si la magnitud de la cartera de activos lo justificare -especialmente la cartera de préstamos en mora,- habría que examinar la posibilidad de transferir su realización a una nueva entidad (por ejemplo, un fideicomiso u otra empresa), incluso contratando con la modalidad más conveniente la 'tercerización a resultado' de los mismos.» Sería bueno saber si los males que se querían corregir siguen vigentes (sobre todo en términos de pasivos y estructuras redundantes o innecesarias) y si no requerirían de los mismos remedios, salvo que se piense que hay ideas buenas o malas según se sugieran en las crisis o las avale el FMI.
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