Llegaron a Olivos en fila india y fueron recibidos por el Presidente, anoche, en una cena. Los sindicalistas de la CGT oficial de Rodolfo Daer fueron al encuentro con el gobierno para reclamar algún tipo de reconocimiento por no sumarse a la huelga del camio-nero Hugo Moyano y, también, para discutir el "compromiso" que se negocia desde la Casa Rosada para garantizar la gobernabilidad del país. Sensibles a las modas, ellos ya hablaban ayer de "megacanje". No del financiero, que llevó adelante el Ministerio de Economía, sino del que ellos le pensaban proponer al gobierno: incorporar hombres propios al área de Salud (obras sociales) a cambio de prestar la colaboración requerida. En la lista de demandas con las que entraron a la residencia presidencial figuraba también una suma de dinero: 200 millones de pesos que le reclaman al PAMI, instituto que está al borde de la cesación de pagos.
El secretario privado del Presidente, Leonardo Aiello, confió en la versión de la clandestinidad y había dispuesto todo para ir a buscar a las visitas en un par de autos con vidrios polarizados. Tan secreta sería la reunión. Pero ayer, a media tarde, en cada café de Buenos Aires no sólo se conocía que Fernando de la Rúa comería con los «gordos» de la CGT. También se sabía el menú y hasta lo que irían a conversar allá adentro, en la quinta de Olivos. Aiello a veces se exhibe como un individuo sumamente candoroso (ya dio una muestra cuando se fotografió en transacciones con los piqueteros), y ésta fue una de ellas: nada más incontinente que un sindicalista cuando lo invitan a ver a un presidente, cualquiera sea.
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La reunión que se celebraba anoche fue negociada trabajosamente por Chrystian Colombo, encargado de urdir el compromiso político que el gobierno pretende lanzar para el 9 de julio; y, en sus tramos finales, protocolares, por Aiello. En principio, se pensaba en un encuentro con el sindicalismo oficial «para hablar de política». Pero ayer por la tarde Rodolfo Daer le planteó al secretario privado de De la Rúa que «si no está (Domingo) Cavallo, es mejor ni ir». Casi un agravio al dueño de casa.
Finalmente, Daer, Oscar Lescano, Armando Cavalieri, Carlos West Ocampo, Andrés Rodríguez, Gerardo Martínez y Domingo Petrecca entraron en Olivos y se sentaron a comer. Sin embargo, el ministro de Economía prefirió asistir a la cena que se realizaba en el Hotel Plaza a beneficio de la fundación Felices los Niños, que conduce el padre Julio César Grassi, lo que seguramente le habrá parecido una mejor forma de aprovechar el tiempo.
Fue el primer fracaso en el protocolo que imaginaron los jerarcas de la central obrera. El segundo imprevisto fue la presencia de Héctor Lombardo, el titular de Salud. Los gremialistas habían pedido que no estuviera para descuartizarlo tranquilos en la mesa de Olivos. Pero De la Rúa se encargó de invitar al médico. También estuvieron Colombo, Patricia Bullrich y Nicolás Gallo. Por el gremialismo faltaron los ultramenemistas: a esa hora comían con su jefe riojano en un local de Medrano y Rivadavia.
Para el gobierno resultó importante aparecer junto a la central obrera en la semana en que el combativo Hugo Moyano se prepara para un paro nacional, el viernes. Obsesionados con este sindicalista, los funcionarios creen ver su mano en el nuevo corte de la Ruta 3 (en realidad hay cuatro cortes más en el conurbano a los que pocos prestan atención porque no aparecen por TV) y tal vez estén en lo cierto. Por eso desde el oficialismo se intenta debilitar a la CGT del camionero y lo trabajan por los flancos. Anoche seguramente se habló de esto en Olivos: la UOM está desarticulada por problemas económicos (los empleados pidieron la quiebra del sindicato) y por los dramas de salud de su jefe, Lorenzo Miguel. Igual que SMATA, que ha reducido su combatividad a cero por las dificultades que atraviesa el sector automotor.
Si fuera por los reclamos con que se envalentonaron los dirigentes sindicales ayer al mediodía, cuando preparaban la cumbre de hoy, una de las exigencias que plantearían antes de cualquier acuerdo es «que nos paguen lo que nos deben». El encuentro, ya al mediodía, era denominado por los pícaros gremialistas como «nuestro megacanje». Así se refieren habitualmente a una deuda de 200 millones de pesos que le reclaman al PAMI y también a cargos que pretenden ocupar en la Superintendencia del Sistema de Salud, al mando de Rubén Cano y sobre la cual en Olivos tienen información periódica gracias a un sobrino de De la Rúa con funciones en el área. Este pliego de demandas explica de sobra que los gremialistas se quejen de Lombardo, a quien consideran «incompetente», como en general sucede con todo aquel que se resista a conceder sus reclamos.
Más interesados en cuestiones del mercado de salud que en los temas laborales clásicos (de ésos se encarga Moyano), los sindicalistas seguramente se preocuparon ante las autoridades por la situación del PAMI, sobre todo en un día en que volvió a circular la versión de la renuncia de Federico Polak, su titular. Seguramente por eso ingresó también a la residencia el sepulturero Petrecca, uno de los subinterventores de la obra social. Para los gremialistas la crisis de pagos de esa entidad tiene efectos inmediatos: si el PAMI no paga sus deudas con los prestadores, es probable que deban pagar ellos las propias, siempre que quieran evitar la caída del sistema. Siempre y cuando los propios sindicalistas no sean, también, empresarios del sector.
Antes de visitar al Presidente, los gremios que se agrupan en la CGT de Daer se habían conjurado para lograr casi un imposible. Querían que, una vez agotados los reclamos que llevaban en sus valijas, fuera De la Rúa quien hablara sobre el compromiso que viene gestando desde su administración y, más ampliamente, sobre la estrategia que tiene pensada para su gobierno. Los funcionarios son los que más se entusiasmaron por la tarde cuando escucharon esa pretensión, deseosos ellos también de que su jefe, el Presidente, despeje esas incógnitas ante ellos.
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