«Ya esperé lo suficiente. Si me quieren ver, que me llamen.» Se levantó rápidamente Chrystian Colombo de su butaca, en el despacho de Patricia Bullrich, donde él, la ministra de Trabajo y el de Salud, Héctor Lombardo, fueron sometidos ayer al esmeril de los «gordos» de la CGT, que se demoraron a la hora de la reunión. Finalmente, cuando llegaron, se demostró el juego: sólo por cumplir estuvo Juan Zanola (un bancario viejo conocido de Colombo). El resto, varios segunda línea como Rogelio Rodríguez o Vicente Mastro-cola, menemistas ortodoxos que a la Bullrich le trajeron recuerdos de su otra vida. Por eso el «vikingo» Colombo se marchó: dio la impresión de saber cómo tratar a los «gordos».
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La ministra lo advirtió enseguida cuando los capitostes de la central obrera comenzaron a demorarse: «¿Esta es una de Luisito, no? Los demás no van a venir». Cierto, «los demás» (Carlos West Ocampo, Andrés Rodríguez, Oscar Lescano) estaban en la oficina de «Luisito» Barrionuevo, en el sindicato de los gastronómicos. Sólo faltaba Armando Cavalieri, asistiendo vaya a saber a qué ceremonia de su sindicato en «Tierra Santa», el parque temático en el que se asoció al arzobispo Jorge Bergoglio.
Los sindicatos dialoguistas descubrieron ayer que el gobierno está dispuesto a no postergar la desregulación de las obras sociales. Saben que las demoras que habrá en la implementación del sistema son genuinas, se deben a los desaciertos de Economía en la elaboración original del decreto, pero no a un ánimo de acordar y salvarles «la caja» que dominan desde la década del '70. Por eso ayer Daer y los suyos estaban enardecidos: «Si vienen por la llave de los sindicatos, que sepan que vamos por el gobierno» amenazaron.
Reunión conjunta
En lo de Barrionuevo, la cúpula gremial pactista se reunió con los disidentes de Hugo Moyano. Estaban Juan Manuel Palacios, Omar Viviani, Saúl Ubaldini y «Momo» Benegas y si Moyano no apareció fue porque está en un congreso, en Europa. En esa reunión buscaron mostrarle, por primera vez en serio, los dientes al gobierno. Resolvieron convocar a un consejo directivo de la CGT para el miércoles y decidir allí la modalidad de la protesta. Anoche hablaban de un paro de 48 horas y de una movilización a Plaza de Mayo.
La gestión de los gremios en defensa de las obras sociales seguirá hoy cuando se reúnan con Carlos Menem en la conducción del PJ. Antes de pedir respaldo del jefe partidario, piensan expresarle un reproche al riojano por haber dicho, durante la huelga anterior, que «los paros no sirven de nada». Ya Lescano reclamó en su momento, sin nombrarlo, esa indiferencia del jefe del PJ. Hoy le pedirán que públicamente se exprese en contra de la desregulación.
Oferta
Mientras tanto, en el gobierno siguen ofreciendo un par de cláusulas para negociar que, ante la mirada sindical, son marginales: la obra social de la actividad para quien accede al primer empleo, el reconocimiento de parte de la deuda (sólo de 30 millones de dólares), la demora de seis meses para la puesta en marcha del sistema.
Nada de eso los convence a los gremialistas, que en el colmo de la indignación hasta imaginan desprenderse de los afiliados más enfermos de sus obras sociales para empeorar la ecuación financiera de las prepagas que quieran intervenir en la libre competencia captando a esos beneficiarios.
Mientras imaginan todo tipo de protesta y venganza, los sindicalistas han puesto a trabajar a sus abogados en un par de escritos por los que pretenden impugnar ante la Justicia la desregulación.
Ayer, en lo de Barrionuevo, razonaban: «Si desde Varela-Varelita a De la Rúa le voltearon tres ministros, deberemos tener cuidado para que esta vez no se caiga él». Hacía tiempo que no se escuchaba esta amenaza en la CGT. Casi desde la época en que esos experimentos de poner o sacar gobiernos eran posibles.