El Estado se sigue moviendo para corregir toda regla establecida que le resulte molesta en sus zonas de «emergencias». De un plumazo iría a quitar la marca de límites anteriores, llevarla unos metros más allá, y aprobar que los fondos de pensión puedan incorporar a sus carteras porcentuales más altos de títulos públicos que los fijados en su fundación. Como si alguien quitara los mojones de su campo, los introdujera unos cientos de metros en el campo del vecino, levantara allí una nueva alambrada y quedándose sin más trámite con lo del otro. Así de fácil, como en el viejo Oeste americano, pero con una ventaja para el Estado actual: que no estará algún estanciero enojado por el abuso, corriéndolo con el rifle y buscando hacer justicia de manera lineal. El Estado tiene todo bien lubricado, maneja los resortes, sabe que no existirá ningún juez, ninguna corte, que lo obligue a dejar los límites como estaban... pero, además, porque no existirá ninguna acusación. Los efectos de modificar la cantidad admitida de tenencias oficiales obran, por una parte, en contra de todo activo privado -como acciones, digamos- que verá ocupado su lugar; sus pesos, colocados en papeles de deuda. Desplazado de un codazo por un competidor desleal que fija normas y las viola con total impunidad. Pero, además, hay que analizar hasta qué punto perjudica a los aportantes a esos fondos de pensión -cautivos en el aporte que no tienen ni voz ni voto, pero son los que generan los fondos para que las administradoras dispongan a placer. Se nos dirá, tal vez, que es buen negocio porque el Estado -en otro de sus artilugios desleales- permite que esos títulos se mantengan a valor nominal, quitando riesgo de mercado, pero en el hecho real del activo: ¿son papeles apetecibles aquellos que nadie quiere por estos tiempos? ¿Están seguros los administradores de que en el futuro se responderá al compromiso, en el sentido de pagarlos? Lo más probable, como siempre, es que un bono reemplace a otro y el empapelado sea un sinfín donde el activo pasa a ser un bien mucho más virtual que real.
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Esta nueva intención se agrega a las ya comentadas anteriormente y no es ilógico suponer que siguiendo sus necesidades, el Estado termine por copar totalmente y mantener de rehenes a los que aporten a los fondos de pensión. Pero todo tiene su castigo en este mundo. Y el Estado que desnaturaliza las leyes del juego no solamente se sigue viendo sin credibilidad, sino que tiene un mortal enemigo de estos tiempos. El «duelo al sol» del viejo Oeste se puede ver ahora con el Estado -viejo pistolero- y en la otra punta un joven con ansias de poder y de fama: es nada menos que «Kid Mercado», un asesino implacable, frío, apátrida, insensible, práctico y -sobre todo- de una letal puntería. Y así, en esa lucha cruenta entre los demonios del Oeste, siempre terminan por perder los mismos... los indios (nosotros, bah). Informate más