... Somos de los que nos quedamos en la jubilación estatal, cuando vino aquella época donde casi compulsivamente a uno lo querían pasar al fondo pensión, y por eso estamos entre aquellos que debimos calcular cuánto de nuestros aportes de muchos años nos será serruchado con las nuevas normas. Es curioso que el propio presidente de la Nación haya salido a aclarar con entusiasmo que «los jubilados actuales no se verán afectados...», lo que deja implícito que se castigará a las siguientes tandas: como si esto resultara algún principio de justicia. Ni siquiera piden perdón, nos lo hacen sentir como si fuéramos culpables de algo que haya sucedido en el país y que deberemos pagar, como precio por esa culpa. Políticos irrisorios, pero lo peor es que casi se dicen cosas que parecen burlas y atentados a la inteligencia.
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Sin embargo, preferimos esto a estar dentro de una jubilación privada: simplemente porque cada vez nos gusta menos que un grupo que administra y decide tenga amplia libertad para comprar o vender lo que quiera, con dinero de los aportes de uno. Un ejemplo claro de lo que menos nos gusta: que aparezca una empresa a colocarse en oferta pública, tenga un banco colocador y todo el negocio abrochado para que le absorba las acciones en fondo de pensión. Especialmente, cuando su situación y sus ratios dejan bastante que desear (cosa que se ha visto con frecuencia en estos años). Papeles, como también los del Estado en quiebra, que cualquiera habría de repugnar si se lo ofrecen individualmente: se los tiene que comer -sí o sí- al ser mudo integrante de alguna entidad jubilatoria. Puede ser también que se hagan carteras racionales, pero el asunto es que todo queda en una suerte de destino del capital en manos de otros y con la sola salvación de escuchar: «si no le gusta, cambie de fondo». Si alguien nos hubiera abierto una cuenta a nuestro nombre, hace muchos años, y allí hubieran quedado los aportes: se dirá que las maldita inflación los hubiera hecho pedacitos. Cierto. Pero es que no se sabe qué puede suceder bajo las mismas condiciones y sometidas las carteras comunes a desastres como los pasados. Es bastante difícil el asunto, pero el problema aquí es el de siempre: tener que decidir entre dos males, que terminan por dejarle un saldo como lo que ahora se observa. De todas formas, resultaría aconsejable que pudiera existir algún filtro: entre la decisión de los que administran y el dinero de las personas. Para pararles el carro a los gobiernos de turno, cuando quieran empapelar con lo suyo todas las carteras, o para verificar que el activo privado que se incorpore no tenga fallas visibles (por llamarlo de algún modo...). Informate más