11 de diciembre 2000 - 00:00

Cupones Bursátiles

Se puede hablar en general (ver estadísticas sectoriales), tirar algunas cifras clave, como para pintar el terrible proceso económico vivido en estos años y que nos puso exactamente en este punto: estar rogando por un ahora llamado «blindaje financiero», que fue subiendo de tono -y de ruegos- así como trepaba en sus números. Quince mil parecía un número bravo, impenetrable por las balas «enemigas». Pero, ya después subió a veinte mil, (no sea cosa que algún proyectil perforador nos dé en la Santa Bárbara). Bueno, pero qué tal si son treinta mil y con eso dejamos a todos tranquilos... Nunca se explicó bien el porqué de tal necesidad, que pasó a ser imperiosa y para el mes de diciembre. No ya como reserva por si atacan, sino convertido en galpón de suministros, para sacar de allí el alimento para sobrevivir.

Bueno, ésa es la semblanza que va para lo global, el bosque denso de esas cuentas macro que jamás pueden congeniar con la gente. Por más que ellas estén bien, la gente está mal. Y cuando están muy mal, como parecían las de Brasil, resulta que la gente empieza a estar mejor. Pero, si se busca con el microscopio, algunas empresas pueden testimoniar las risas y las lágrimas, el esplendor y el ocaso, el premio y el castigo, dentro de una sociedad donde no hay margen alguno para el error. Dentro de la Bolsa, pueden emerger dos nítidamente: Comercial del Plata y Garovaglio. Dejando pasar lo del CEI, que resulta más complicado por varias razones. A la primera la tocamos otras veces, pero la segunda está de rigurosa actualidad y, además, llegaron a un mismo valle por dos sendas opuestas. Comercial trató de crecer de golpe, apalancada y a favor de que los dólares fluían hacia aquí. Anotándose en todas las privatizaciones, saliendo de las tibiezas de las conservadoras y buscando ponerle ritmo de rock a su destino...

En cambio, Garovaglio se acreditó un gran acierto: vio a tiempo que se venía la trituración para un sector donde ella estaba y que resultaría imposible de soportar, ante competidores internacionales. Vendió, y vendió muy bien, su corazón petroquímico. Se hizo como de 200 millones de dólares «cash» y resultaba como un pequeño banco, cuyos depósitos eran propios. Sana, plena de capital, con todo el escenario para elegir, se tomó su tiempo, mantenía en secreto absoluto los nichos que estudiaba... hasta que realizó la jugada. Salió a comprar, apuntó a la agroindustria y otra parte la radicó en colocaciones financieras. Era para salir con todo, cuando otras cayeran. El premio al anticipo. Sin embargo, la «segura» no es tal en nuestro medio: la crisis regional le hizo papel picado lo colocado. Y las empresas compradas quedaron atrapadas en un sector que -hasta ahora- rodó igual que el industrial. El castigo: de 200 millones, a convocatorias. Tan fácil.

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