Seguimos en el país buscando un «Highlander», discutiendo en torno de una persona, un elegido, mucho más que sobre lo que propone hacer el personaje. Por lo menos hasta el jueves por la noche, oportunidad donde esto se está escribiendo, solamente asistimos al forcejeo de «darle al gobierno lo que pide». Pero, ¿hubo algún filtrado en primera instancia, dentro del propio gobierno, sobre la factibilidad y posibilidad de éxito de lo que propone el ministro? Cuando uno se está ahogando, es un viejo aserto, se aferra a lo primero que pasa: aunque sea la aleta de un tiburón. Y parece que hay bastante de esto, cuando se instala el nombre mágico de un funcionario, como diciendo «éste viene y lo arregla». Venimos de una pésima experiencia con López Murphy, a quien llamaron de apuro para armar un plan, lo dejaron anunciar y cuando en un día se le empezó a prender fuego la calle decidieron que no era aconsejable. Y, más allá del propio gobierno, ¿los economistas y asesores de los partidos tienen idea concreta sobre cómo cierra la propuesta y si es admisible, o corregible? Esto es, fuera de los nombres ¿cuándo se van a sopesar ideas? Por lo que había dicho Cavallo, estaba la fantástica baja de costos para la industria, contra un nuevo impuesto a la ciudadanía: no hay que ser economista para advertir que eso es apenas la «pata de la sota» y que los verdaderos «ases» están en la manga. Como el ministro lo presentó tan sencillito -«así de simple», dijo-dejó la sensación de que el hombre es un mago y todos los demás, como Murphy, son unos torpes que complican soluciones tan fáciles. Y, a partir de esto, en todos los ámbitos comenzaron a correr los apoyos -los de siempre, para todo ministro, haga lo que haga-y esas apelaciones a que «hay que ser optimistas. La emergencia exige que se actúe ya...» y toda esa prisa que se pone al servicio de dejar que un elegido haga lo que le parezca, con amplia libertad. No escuchamos la hipótesis de mínima: ¿qué sucede si lo de Cavallo no cierra, si no convence, si se le encuentran fallas después? En tal caso, qué se hará, se lo correrá a un costado y que pase el que sigue con su receta... Más que de poder, o superpoder, lo importante sería una mancomunión de opiniones en que lo que se ofrece es garantía de solución. Porque si a alguien se lo va a convertir en un hombre fuerte: lo menos que se puede pedir es que el éxito esté garantizado. Previamente analizado, objetado a tiempo, corregido oportunamente, discutido en lo dudoso. Jugar al «hay que ser optimista» es seguir tirando tres tiros por veinte, con éste ya van tres ministros y los tiros parecen acabarse, sin poder dar en el blanco. Pero la historia no enseña mucho aquí, se sigue en la costumbre de encontrar al «hombre», antes de encontrar las ideas razonables. La población también empuja en la misma dirección, amando u odiando a Cavallo, no a las propuestas que trae.
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