7 de abril 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

Es difícil encontrar recintos bursátiles donde las cosas van bien, salvo esas postales coloridas de plazas muy especiales y que se mueven con un microclima especial. En lo que hace a lo más difundido, lo globalizado, aquello que constituye cada casillero del paño del gran tablero donde juegan sus apuestas los capitales de riesgo: todo es un verdadero desastre. Curiosamente, no alcanza trascendencia de adjetivos en cuanto a los medios mundiales, que ante derrapes como el que afecta a un NASDAQ, otrora hubieran dedicado títulos catástrofe. Es como la extrema volatilidad, o la elasticidad puesta al límite, formara parte del mercado moderno, con los participantes asumiendo que ha dejado de ser una inversión para constituirse casi en un puro juego.

Esto constituye una suerte de «cubierta» para nuestro mercado, que al estar como uno más en la nómina de afectados, parece participar del mal de todos y disimula sus extremas falencias de orden interno. De país, de economía, de falta de capital de riesgo local, para que quede bien entendido.

Otra situación sería si todos anduvieran muy bien y sólo aquí se caminara a la inversa, adelantando los problemas nativos. Pero, al mismo tiempo, es uno de sus problemas actuales para no conseguir una reversión: hay escasez de fichas para todos y se cubren pérdidas en los mayores, vendiendo en los menores, contra esa absurda teoría que encontró cierto consenso a inicios de año, cuando varios analistas decían que si Wall Street iba mal nos iba a beneficiar, porque irían con el capital a recintos emergentes. Todo lo contrario, cubren allá y restan de aquí, de la región, de donde puedan.

A nadie le conviene que la locomotora tenga el motor pinchado, y lo mismo le sucede a una Europa que está generando pérdidas muy preocupantes en estos meses, en especial en países donde las familias jugaron demasiado al mercado de riesgo y ahora levantan sus quejas de manera irritada. Vemos un año muy convulsionado y de graves replanteos para la Bolsa mundial, que procura afanosamente que le arrojen más salvavidas y con una Wall Street que no hace más que esperar el «maná» que Greenspan les haga llover desde el cielo. Nada le es suficiente, siempre quieren «50 puntos» más de baja en la tasa, pero ya la situación de una tendencia con gruesos orificios ha quedado expuesta debidamente.


La «nueva economía», como nueva que es, paga el derecho de piso y paga por la osadía juvenil de haber querido llevarse al mundo por delante. Ahora se sacude el árbol para que caigan sus frutos inconsistentes, haciendo pagar a la vieja economía por sus propios descalabros, nuestro árbol está muy mal, pero mirando al bosque la preocupación se puede multiplicar. Un año delicado.


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