22 de noviembre 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

«Somos conejillos de Indias...», de nuestro ministro de Economía. «No podemos ser conejillos de Indias...», de nuestro presidente de la Nación. Una muy extraña, pero elocuente, síntesis de cómo se llevan las cuestiones de Estado en nuestro país. Lo mismo en otro orden, con un Fondo Monetario que reitera todas las ayudas verbales que le pidan, pero no saca un dólar del bolsillo para prestárselo a nuestros desesperados funcionarios. Estos últimos saben que consumido lo último en noviembre, en adelante el único modo de no declarar la cesación de pagos es recibir otra mano del FMI. Pero, los que están en esa institución también saben que todo lo firmado y arreglado con los distintos acuerdos internos son solamente «cháchara» de los argentinos, que esto no se cumplirá y que se seguirá pidiendo prestado cada par de meses. Todos siguen en el escenario representando el más fantástico, e imaginativo, sainete de las letras mundiales. Es una obra donde el trasfondo es que todos, propios y extraños, conocen la verdad: pero, a su turno, cada uno la va desfigurando para poder seguir adelante. La tolerancia, la hipocresía, la convivencia, el espíritu optimista, todos esos lugares comunes son frecuentados por nuestros intérpretes y hay actuaciones que se merecen no uno, dos premios Oscar... Sin embargo, los actores están nerviosos, porque advierten que la platea no reacciona de ningún modo. Están allí, sentados cada uno mirando las excelentes actuaciones, pero sin que se mueva un músculo de la cara. Como si estuvieran pintados, los espectadores han quedado allí petrificados, no se manifiestan ni a favor, ni en contra. Ni aplauden, ni silban, ni nada... Hay una insensibilidad mayúscula, producto de la reiteración de escenas límite. Y lo peor que les puede pasar a los realizadores de la obra, está pasando en la Argentina de 2001: hay indiferencia, hay desinterés, hay un sentir de dejar seguir la cuestión hacia donde quieran, pero no participar...

En la Bolsa, el fiel espejo del escenario humano, se advierte mucho de esto. Gente que acude, gente que interpreta una obra diariamente, otra gente que mira impávida y nunca decide la orden. Volumen que se resume cada vez más, sistema que cada vez se mueve menos, cantidad de versiones y de conjeturas, pretendidos análisis, la búsqueda de decir que lo visto es el «piso» real del mercado. Pero, nada conmueve al potencial inversor en acciones. Una indiferencia que cala hondo, que ha corrido de la lista de alternativas válidas a la toma de posición en papeles empresarios. Es peor que la baja, porque si se baja y se generan negocios amplios, lo que viene después suele ser un tapón a la salida, una reacción, un nuevo ciclo que se completa. En cambio, cuando nada parece moverse ni alterar el fondo, cuando los montos son cada vez más mediocres, es el estado de catalepsia que quiebra el espíritu esencial de la actividad. Y es lo que hace huir operadores. Porque Bolsa es hacer mercado.

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