«¡Que venga Greenpace!»... (dan ganas de gritar, en la esquina de 25 de Mayo y Sarmiento). «¡Sí, que venga!», se oirán voces fantasmales, proviniendo del pasillo que circunda al reloj y a la rosa de los vientos del viejo recinto... ¿Por qué tanto alboroto? Pues, porque todo está confirmando temores que aparecían, luego se disipaban por un tiempo, y que tiende a poner remate a una tendencia que viene de treintena de años, por lo menos.
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Las acciones de empresas locales en el recinto bursátil de Buenos Aires deben estar bajo la leyenda: «Especie en extinción. Protegida. Prohibida su persecución». Y lo que acaba de suceder reclama la calificación, puesto que los montos transados en acciones no levantan de dos a tres millones de dólares por rueda: ergo, tal como estaban las cosas cuando se decía que vivíamos fuera del mundo. Con una enorme diferencia; aquél era un mercado chico en general, pero las representantes de sociedades pasaban de los «200» nombres (hablamos de inicios de los '90 o finales de los '80). Y ya era preocupante, para los que supieran ver hacia adelante, que la deserción de papeles iniciada a mediados de los '60 no se detuviera, como para que el goteo de la salida, de más que las que entraban, condujera al exterminio. Que es la tremenda realidad que enfrentamos en 2002. Dos apariciones de mercaderías novedosas juegan de verdugos terminales: A) la llegada de los bonos del «corralito», que se abren en abanico de posibilidades para pagar compromisos. B) El atractivo de poder transar índice sobre dólar futuro, una especie que se está difundiendo en los medios para dar idea de cómo podría estar el billete a cierto plazo, y que debería atraer concursantes. Bueno, todo lo que aparezca -como antes de esto, los CEDEAR-supuestamente viene a aportar, a agregar alternativas, no a perjudicar a un sector tradicional, pero lo perjudica... Y esto es porque no hay capital de riesgo dando vueltas, lo que está en tránsito local busca entre muchas oportunidades de inversión que se disputan lo magro de la liquidez. Y en la Bolsa, todo concurre a restar caudal a las acciones, en una época donde buena cantidad de balances es espantosa (y no por la devaluación, sino por la política del apalancamiento suicida que llevaban adelante muchas de esas compañías, que ahora pasan por víctimas) y esto, de por sí, ahuyenta almas dispuestas a radicar dinero en papel privado, de riesgo puro. Es difícil pensar en qué se podía haber hecho, cuando el sistema no podría funcionar -ni por asomo-si tuviera que conformarse con cobrar derechos, o comisiones los agentes, sobre la base del capital que va por los títulos privados. Esto está claro, que se puede dar que la necesidad de afirmarse en los otros activos destruya a un sector bursátil que debería ser la esencia, el motivo principal, para la actuación de una Bolsa. Un maldito laberinto, se plantea. Si ayuda, decía Marechal que «de los laberintos, se sale por arriba...» Informate más
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