25 de noviembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

«Señor, he caído tan bajo que alzo la vista desde el abismo...». Una frase terrible, que no forma parte de una obra literaria, sino que resultó producto de la realidad cruda de la crisis mundial de 1929. Quien la forjó era un cantante de blues llamado «Big» Bill Broonzy, en Estados Unidos.

Nos preguntamos si cualquiera de nosotros pudiera hoy repetirla, mirando hacia arriba desde el abismo del que nos quieren hacer creer -funcionarios que tienen, ellos mismos, la cara del desencanto- que hemos salido.

La idea es simple, tomar cualquier medición estadística que pueda demostrar que en ciertos segmentos de la economía se tienen cifras superiores a lo anterior, para pronunciar desde allí la expresión alentadora. Como si un estado de crisis como el nuestro, abarcando mucho más allá de cuentas fiscales o empresarias, de verdaderos quiebres morales y sociales, se pudiera pasar por un relevamiento estadístico y por una computadora. Es el camino que se ha venido tomando por estas décadas, donde el producto bruto es mucho más importante que los brutos, producto de la falta de valores mínimos y que se han encaramado para perforar la sociedad desde lo más íntimo. Desde aquello que cuesta generaciones recuperar. No, baste que algún signo de lo económico pueda ser manipulado para denotar un «repunte», para que se quiera formalizar una inyección de no ha pasado nada.

En tanto muchos predicadores que nos llevaron al desastre continúan predicando y amenizando foros donde encuentran alguna platea interesada (sin que nadie les recuerde cómo escribían y opinaban cuando toda la crisis se gestaba), desde afuera también llegan oráculos en el formato de videoconferencia que nos introducen con conceptos del tipo: «El acuerdo se demora porque en el FMI y en el gobierno de Estados Unidos no hay conducción...» (Paul Krugman, extracto en
Ambito del pasado miércoles). ¿Y qué conducción tenemos aquí, mediático Krugman? (dan ganas de preguntarle a la hipotética pantalla...). La conclusión del escenario que nos presenta esa hipótesis para el desacuerdo es que estamos fritos. Porque si dice que allá no hay conducción, y sabemos lo que hay por aquí, se trata del juego de Alicia con los conejos, donde cada cual dice cosas que no calzan para nada con lo que dice el otro. Por allí, lógicamente, deslizó elogios para el equipo que había colocado a su secretario de Finanzas -Guillermo Nielsen- como «coordinador» de la charla, en la convención de la Cámara de la Construcción. Dispersó flores para Roberto Lavagna y su ballet, en virtud de «todos pensaban que en la Argentina venía la hiperinflación y fue evitada...». Una de las más grandes falacias del año, porque solamente un trasnochado puede pensar en hiperinflación cuando la gente no tiene dinero renovado en sus salarios y el segmento pudiente queda atrapado en los bancos. Con opiniones como éstas, el sainete está completo.

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