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La Bolsa está a estas alturas, el martes miraba de al lado al viejo piso de los «600» puntos nuevamente, puesta entre dos fuegos: el que está proviniendo de los mercados globales, en una guerra de recesiones, y el que enfrenta con una nebulosa acerca de qué sucederá con el escaso capital que todavía circula por la Nación.
Y lo vino reflejando en ruedas sucesivas, que empezaron por un «lunes negro» general, y un «martes negro» particular. Sin poder estabilizar el aparato, rateando el motor, buscando algún terreno libre para aterrizar de emergencia. Y el volumen no se encoge debidamente, demostrando en ese indicador que ha prendido cierto brote de inquietud, ante la política que se lleve adelante. Está el año en un alambre, conservar la vertical como se pueda y rogar, para que lo que venga no resulte algún gastado recitado, que destruya lo poco que queda del sistema financiero y bursátil.
Todavía hay que esperar a que el nuevo gabinete se instale y que aparezcan las verdaderas carpetas, con la realidad cruda. Según el Presidente, «a Lavagna lo va a tener que reconocer la historia...», si bien la historia exigirá, para coronarlo de laureles, que se vean sus reales logros. Y se separen las condiciones que utilizó a full, no armadas por ninguna estrategia propia sino de funcionarios que se marcharon de uno en fondo, dejando instrumentos que posibilitaron la precaria estabilidad. Ya hemos descripto lo principal de ese mecanismo, pero que puede dejar de funcionar con «piloto automático», una vez instalado un gobierno emanado de las elecciones.




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