No resulta esta etapa de «Bolsa loca», apta para los que incursionen con los simples principios de los libros de texto, o los cursos para inversores. Con la fisonomía de un péndulo que no deja de latir, a izquierda y derecha, casi ya se asemeja a la clase política argentina que, cada década, se regenera y saca de los bolsillos alguna receta antes vilipendiada. Hablar de recomponer el mercado interno, de nacionalizar sociedades, de bastante de lo que ha vuelto a estar como nueva «poción mágica», era mala palabra hace muy pocos años. Lo curioso es que mucha gente encumbrada, que avalaba aquello, toma hoy las banderas sacadas del placard y las agita, como si fuera de la primera hora en esa ideología. La Bolsa anda por ahí, lo mismo que parece abatirla en una rueda, la rehabilita al otro día. Papeles que ruedan sin remedio se convierten, a pocas horas, en un éxito reeditado. Y solamente estando muy encima de las posiciones, poseyendo un comisionista bien hábil y despierto, se puede entrar en esa especie de círculo de fuego y tratar de no salir chamuscado. O bien, la vieja fórmula, de no querer acertarlas todas: sino embocando seis, de diez incursiones, y procurando afirmarse mejor cuando se gana que cuando viene al revés.
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Es difícil solicitarle coherencia y armonía a la tendencia tan sensible de un mercado de riesgo, cuando no se tienen claras las nuevas metas y su modo de implementar los instrumentos. He ahí otra fórmula, que puso los pelos de punta durante la última década: hablar de mover la economía interna mediante «la obra pública». Velozmente hay que recorrer los libros de historia económica, porque los famosos economistas se pelean entre sí, para saltar de las páginas con su recetas y ver que se desempolven en el país. Adam Smith lo codea a David Ricardo, el «loco» Veblen se hace un festín cuando analiza lo que vino sucediendo. Le hace Friedman una zancadilla a Keynes (con tal de que Lavagna no le esté consultando tan seguido), y varios, de los de la escuela de Harvard, se han arrojado por los márgenes del libro. La confusión enorme que priva es lo que refleja el espejo de la Bolsa. Que tiene que operar todos los días, arreglarse los operadores como puedan y tomar, y desechar casi de inmediato, argumentos que se establecen. Días atrás, había corrido la posibilidad de que se concediera el «ajuste por inflación», lo que podía originar un movimiento genuino por la importancia que tendría para los números empresarios. Pero, se volvió a desmentir. Y los vuelcos atados a un tipo de cambio, mejorando números finales, resulta tan volátil como depender del boletín meteorológico para llevar, o no, el paraguas: por las dudas, llévelo siempre. O no lo lleve nunca. Pero, la eterna incertidumbre es lo que termina por desgastar. ¿Hacia dónde iremos, realmente, a partir de ahora? ¿Se aclarará algo, con los primeros mensajes formales al país? ¿Habrá una palanca de donde poder asirse, para orquestar una tendencia definida? Es como en las novelas de suspenso, o los viejos radioteatros: habrá que continuar escuchando los siguientes capítulos. Por ahora recordar a Livermore, si le toca la suerte de ganar: «nadie se ha fundido nunca, por llevarse las ganancias a casa». Informate más
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