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Cuando todo se va postergando, resulta que una pila de cuestiones de mucho nivel están acumuladas y amenazantes. Tanto, que a cualquier gobernante le darían ganas de volver a postergar soluciones, sea con la justificación que sea.
Para el mercado de riesgo, el mensaje también baja claro, no tomar decisiones de cartera que presupongan plazos más extensos el mes que corre. Y estar con el dedo en el disparador -ya que aquí no poseemos la programación automática de Wall Street- por si el clima de octubre comienza a ponerse espeso. Y en los directorios empresarios, por más que se enoje la cúpula de poder, los márgenes más estrechos son causal de preocupación notoria y lo que se proyecta -incluyendo aumentos de servicios y salarios- coloca una señal de alarma por ver de qué modo se pueden sostener niveles de utilidad. Detrás de algunos amagos de aflojar el collar impositivo, ni siquiera el mínimo incentivo terminó por aparecer. Y, de paso, se mantiene firme la idea de seguir devorando ingresos de la porción de ganancias virtuales no contempladas por los índices inflacionarios. Y además de todo ello, el ingenio de los funcionarios para crear más imposiciones, con la meta de que el tipo de obras de infraestructura resulte a costas del bolsillo de los privados.
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