9 de agosto 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Lavagna no perdió ocasión de «pontificar» sobre uno de los grandes temas del momento -el nivel del dólar-, y ya está inscripto en la galería de la fama, compuesta por una larga lista de funcionarios encumbrados que terminaron por pasar a la historia, con alguna frase que no se les despegó nunca más. Curioso modo de querer dar una muestra de poder, o de suficiencia, aquella de salir al ruedo desafiante y expresar enfáticamente una idea que corre serios riesgos de verse desairada con el tiempo.

Antes, resultó que «la convertibilidad será eterna» y el famoso uno a uno con el dólar. Ahora, que «nunca más tendremos un cambio bajo». Y «nunca más» es una expresión demasiado grande para los mortales, más todavía cuando se trata de una paridad monetaria que no solamente vive de fórmulas técnicas, o de reservas, sino de las variables que giran a su alrededor. Si el mercado los sigue tapando de dólares, y el Central emitiendo para sostener el precio, da la impresión de que tal estrategia debe también poseer un punto límite o arriesgarse a un excedente en pesos, que se va, en buena parte, a alentar la trepada de otros ratios de la economía. Y como ya estamos acumulando a la nueva criatura inflacionaria, no sea cosa que aquella expresión definitiva resulte la «etiqueta» de otro ministro, cuando también sea parte de la historia...
 
Es que todo parece tener que decirse de modo eufórico, dentro de un estilo que empezó por las expresiones ofuscadas de políticos y gobernantes, pero que ahora va impregnando todo el escenario. Los personajes están decididos a acuñar frases -como para un supuesto bronce- que resulten grandes titulares en los medios. La mayor parte de ellas, es cierto, posteriormente se pierden en la memoria colectiva. Pero, siempre alguna queda como un sello que le colocan al autor y que habrá de perseguirlo de por vida... y más allá. En la Bolsa, quien no ha escuchado expresiones terminales -en las dos direcciones- tanto de los que creen que volumen y precios pueden subir sus ramas hasta el cielo. O bien, quienes suponen que las depresiones no habrán de terminar jamás. Pero, en todo caso son errores sólo anecdóticos, comparados con los que tienen la misión de transmitir mensajes a toda la población.

La sensación de ser infalibles, de sentirse como los «iluminados», parece que debe ser parte del clima que se vive en las grandes alturas. Una suerte de seductor narcótico, que va embriagando de soberbia a los que olvidan que solamente
detentan el poder -es decir, lo tienen prestado por algún tiempo- y suponen que lo suyo, posee la extensión hereditaria de las monarquías. No daba Lavagna la imagen, la personalidad, de quien podría caer en tales modos de dejar mensajes terminantes, inapelables. Si va mal, inexcusables.

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