13 de septiembre 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Perseguir a los efectos, sin querer reconocer las causas, es una fórmula permanente aplicada desde el gobierno. Ahora le tocó el turno a los supermercadistas, en una doble llave mejor que las del karate: Kirchner desde la tribuna, poniendo en la mira de la gente a los «culpables» de la inflación. Y, al unísono, dejar que un organismo subalterno aplicara multas al sector. Pero, contradicción pura, según los índices de inflación que dispersan no hay inquietudes por la marca mensual -última- y anual posible. Claro, la aparente contradicción deja de ser tal si -con la malicia necesaria para nuestro medio- el ciudadano opta por pensar que, en realidad, la inflación de los índices oficiales es el envoltorio (preciso para que no cunda desesperación, ni vuele el CER) que recubre la «caja negra» de un vuelo inflacionario al que solamente se puede medir, domésticamente, desde el humilde indicador que le comentamos hace tiempo al lector: la velocidad de extinción de un billete de $ 100. Y todos sabemos, se entre a gastar donde se quiera, que el proceso se aceleró y que esto puede coincidir mucho más, con las iras presidenciales. Porque, lo único que falta, es que ellos mismos crean en lo que dispersan desde su máquina de hacer pájaros (o sapos). Van recorriendo toda la cadena, como para no dejar títeres con cabeza. Un día es descargar contra los empresarios fabricantes. Otro día contra proveedores, después contra los minoristas. Se podrán aplicar multas, meter miedos a represalias, pero -a cierto plazo- todo se paga con desabastecimientos, con pésimas calidades de ciertos productos (como ahora), o con la terminal: inflación. Querer combatir las causas, apaleando los efectos, doblegar leyes económicas inalterables desde el simple voluntarismo político (que se enardece en zona electoral) es lo que nos muestra la superficie actual. Más abajo, en lo que es la causa actual para efectos mediatos, aparecen caídas brutales como en reservas petroleras, falta de inversiones genuinas, productivas, a las que se pretende sin darles marcos seguros y estables. Y normas que, todos saben, pueden cambiarse a voluntad y bajo todo pretexto. Gestos de sorpresa, antes de la réplica, si se les solicita «seguridad jurídica»: como si nuestro país no hubiera hecho estallar todo tipo de legislaciones, en todo clase de sectores: desde lo empresario a lo financiero.
 
Además, ya se fue creando la clásica «bola de nieve», que utilizaba el ciclo de Duhalde cuando bicicleteaba todo asunto hasta después de las elecciones. Las alfombras de los funcionarios habían engrosado de tanto barrer temas y decisiones para «después de... «. Y llegó ese después, hasta encontrar una etapa de normalidad en el poder, pero que todo lo vuelve a pasar «para después de octubre...». Hay tantos cabos sueltos, que sería deseable pensar con espanto a partir de noviembre. (A menos que llegue el «hasta después de 2007»).

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