14 de febrero 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Los mercados tienen razones que los gobiernos desconocen. Por eso, habitualmente se ven tentados a hacer gala del poder, como para meter mano y pretendiendo alterar lo que ven de negativo para sus intereses políticos. Pero es que cuando se quiere intervenir para eliminar lo que consideran malo, es posible que arrasen con buena parte de lo bueno. Es el verdadero peligro de forzar los planos y las tendencias, haciendo que éstas se avengan a los deseos: antes que tomar las previsiones para amortiguar los golpes naturales, de los ciclos y los mercados. Como el poder alcanza durante cierto lapso, no para evitar o corregir, sino para tener «pisados» los efectos contrarios, esto termina por entusiasmar y haciendo caer en la falsa creencia de que todo puede ser dominado a voluntad. Fijarles rangos de utilidad a las empresas, desconocer los costos y sus componentes en movimiento, presionar para contener el precio final. Cuando ciertos primeros efectos surgen claros, como es la falta de nuevas inversiones, tienden a suponer que son actitudes corporativas, o conspirativas lo que es mucho más delicado de exponer y, además, cuando no se la puede demostrary que se atenta contra la «gobernabilidad», si algunos sectores atraviesan la línea de tiza marcada en el piso.

El caso de los servicios, de la energía, de la dramática caída de reservas, termina por condenar a un círculo donde todos pierden, salvo los grupos que acarician la idea de renacionalizar por vía de la impiadosa muestra del poder. El circo que se arma, en torno de las rondas para renegociar contratos, el modo en que se los deja en suspenso sin más explicación que la voluntad poética. Las acusaciones permanentes a los grupos empresarios, cuando no la aplicación de severas multas, ya han dado resultado en algún sector: donde los titulares salieron huyendo.

Tener todo «pisoteado», para amordazar al índice inflacionario, comenzará a hacer grietas en cualquier momento. Es una utopía pensar en inversiones y aumentos de producción, cuando los márgenes sólo se acotan. Y las diferencias naturales entre sectores más, o menos, expuestos a los insumos que crecen de precio hacen que una regla universal sea impensable: a unos les va muy ajustada; a otros, demasiado holgada. Sería como procurar la fórmula de la felicidad completa.

Hacer pagar impuestos por rentas nominales, inflacionarias, mientras se mueven los bonos oficiales indexados por tal mecanismo, suena también a burla. O a una bravuconada sin explicación sensata, solamente atada a que los que mandan lo ordenan. Los mercados darán rodeo, esperarán esas primeras grietas y saldrán a buscar su nivel, tan fácil como el agua. Será el momento de la historia, de la caza de brujas (y de lo que pueda derivar de ello.)

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