15 de febrero 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Decíamos hace unos días que cuando la intervención oficial en los mercados se hace sin la suficiente delicadeza y análisis -con la evidente buena intención de corregir lo malo de los mismos- en la mayoría de los casos se termina por arrasar también con gran parte de lo positivo de los mismos. La Bolsa, reconocida como el mercado más próximo a la «competencia perfecta» -que no existe en su totalidad, sólo es utópica-, puede dar buen testimonio de tales intervenciones a fondo. En la historia mundial los ejemplos son variados y numerosos, acaso corresponda citar nada más que uno que resulta de lo más simple, en apariencia, cuando ante ciertas circunstancias extremas se han decidido suspender las operaciones por cierto lapso. Todos los análisis de las reacciones posteriores han derivado en la conclusión de que no es conveniente acumular presiones y sus efectos son más nocivos que si se hubiera continuado operando.

En nuestro medio hay dos aristas muy salientes; hace más de un siglo -cuando la Bolsa se centralizaba en las operaciones con oro- cierto personaje que se había encumbrado en el área económica decidió que la suba del oro se debía al «agio» que se generaba en las cotizaciones bursátiles. Rufino Varela, apodado «el Manco», terminó por clausurar la entidad con la fuerza pública. El resultado, obvio: el oro prosiguió trepando por problemas en el país y, poco tiempo más allá, el funcionario perdía su puesto después del desastre originado. La explicación de que la Bolsa no crea causas, sólo las refleja, no le resultó suficiente a don Rufino.

Ya a mitad del siglo recién finalizado, el primer peronismo se enamoró de la fórmula de la felicidad: una Bolsa que nunca decaiga. Todos están seguros, siempre. El mecanismo se instrumentó a través de un organismo denominado IMIN (pomposo título de ser un «Instituto Movilizador de Inversiones Mobiliarias»). Todo en silencio: el mercado tenía una caída violenta, la entidad adquiría acciones. Cuando todo se normalizaba, las devolvía al mercado. Un primer intento fue exitoso, el circuito se completó. Pero cuando se quiso reiterar ante otra zona de caídas naturales, sucedió lo lógico: se llenó de títulos y cuando quiso inyectarlos, creaba todavía más problemas. El viejo BANADE y la Caja de Ahorro quedaron con importantes tenencias, las que fueron malamente colocadas en el mercado después de la caída del «boom» inicial de 1976.Y esas ventas ayudaron a hundir cualquier intento de repunte.


Hemos oído a la actual titular de Economía decir que dejarán de intervenir en los mercados una vez que haya inversiones para producir más.Y lo que probablemente suceda es que eso lo vea muy poco, porque los controles espantan inversiones. Será cuestión de esperar y ver...

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