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22 de agosto 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

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Lo que parece una travesura divertida, de un niño de sólo 12 años con demasiada inquietud por hacer fortuna, posee laberintos preocupantes en cuanto se sondea el caso. Y en la revista «La Bolsa Hoy» -publicación mensual de la Bolsa de Comercio- una nota de Beatriz Dinovitzer reseña lo sucedido, nada menos que en el ámbito de Wall Street.

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Apasionado de las matemáticas -y de las finanzas, según pudo verse- el emprendedor Jonathan utilizó a fondo el filoso instrumento de la «Internet». Tomó unos 8.000 dólares de la cuenta de su padre y se dedicó a jugar en la Bolsa, con entusiasta fruición. Fue comprando acciones de las que aquí llamamos «chicas», o de escaso mercado, de baja valuación. Pero fue un campo más allá, en vez de aguardar por la evolución de su cartera, pretendió acelerar los tiempos sin importar los métodos. Utilizó el artilugio de presentarse como «asesor financiero» y, a través del correo electrónico, dispersó su recomendación a diestra y siniestra. Lo que llegaba decía algo así como que «hay que comprar de modo rápido éstas acciones, porque llegarán a 20 dólares en poco tiempo...». Sin saberlo, Jonathan estaba encendiendo uno de los motores de las inversiones: la codicia. Sin averiguar demasiado, decenas de contactados fueron adquiriendo de las recomendadas y creando el efecto clásico de la profecía autocumplida: a más demanda, comenzaron a subir y a tentar a más personas. La SEC, que allá trata de cumplir con su deber, comenzó a rastrear el caso durante dos años y hasta que dio con el Peter Pan de las finanzas (creyendo que era el padre). Epílogo: el jovencito devolvió más de 270.000 dólares, de unas 11 operaciones con «doping» informático. Pero, le dejaron retener medio millón de dólares, por operaciones que se consideraron genuinas.  



  • Si vamos desglosando, esto puede dar para más de unos «cupones». Por ejemplo, leyendo el final más de uno puede interpretar que -en definitiva- «el delito paga», viendo lo que devolivó y lo que le dejaron. Otro flanco que no queremos dejar pasar es que las personas, y su codicia, no aplican filtros a los que les llega en forma de «recomendación», «dato misterioso», o cosa por el estilo que se escude en el título del «analista», «asesor», o «genio financiero». Esto en relación con lo que hizo este niño, pero también -y más peligroso- con adultos de mente audaz. A Jonathan lo podemos incorporar como un socio más, de la firma creada por esta columna y denominada: «Los Curro's Brothers», donde podría ser inmensa la mesa societaria.

  • No se puede dejar pasar ese doble filo del maravilloso instrumento «Internet», que ya tantas muestras de su peligrosidad ha dado y hasta en manos de mentes precoces (como los chicos que vulneraron la seguridad del Pentágono). El cuento real tiene tanto de divertido, como de preocupación: más de esto.

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