Los balances siguieron arribando, con «memorias» a diciembre. A nadie pareció importarle demasiado. El asunto en el mercado estaba demasiado espeso como para prestarle atención al valor de las acciones. El problema atravesaba la epidermis, los precios y sus caídas. Mercados totalmente desarmados, anárquicos y expuestos a toda corriente que llegara, imponían durante el viernes que no era tan sencillo de hacer borrón y cuenta nueva. Por más que algunos personajes relevantes, como Bernanke, quisieran tender un manto de calma y disfrazar la realidad de lo que piensan, había demasiado operador nervioso como para aguantarse en sus posiciones.
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Esto ha resultado una conmoción como hace un rato no se veía, de tal manera robusta y global, y hay que tratarla como tal. Por lo que no sirven los simples consejitos, o el inyectar tranquilidad con gastados argumentos. La verdad surgió sola, llegó una bofetada profiláctica, es el alerta amarillo (aunque no tenga que ver sólo con China) y la advertencia de que si se pretende seguir armando castillos de naipes, jugando con dinero de terceros de bajo costo, la estructura podrá emparcharse, pero solamente para ver -a cierto tiempo- un desplomarse total, lo que resultaría la primera catástrofe accionaria del siglo XXI. Con muy parecidos genes a los que tuvieron las otras de la historia. Exceso de codicia, exceso de confianza, exceso de soberbia. Y no saber nunca cuándo es «basta» en los mercados. Se podrán buscar todos los motivos que se quieran, los atenuantes, las causas por las que se puede salir de esto. Y demostrar que no se está tan cerca del colapso, que falta bastante. Pero, si no se modifican los vicios operativos y esa mancomunión financiera bursátil que hace a las carteras caminar sobre las aguas, la cuenta regresiva puede que haya comenzado ahora mismo.
Un simple ejemplo de estos días, la serie de implicados que detectó la SEC norteamericana haciendo uso de «información confidencial» y en un desvío de buenos millones de dólares, debe ser solamente un botón de muestra dentro de la vorágine que se está viviendo.
Desesperación por fortunas rápidas, dinero que genera más dinero, la famosa «cadena de la felicidad» que siempre ha terminado mal. La madeja entre el mercado normal y los derivados, la intensa maraña de apalancamientos que potencian los ciclos resultan a simple vista uno de los males históricos que suelen asolar la salud de los mercados, sin que importen categorías ni tamaños. La extrema velocidad de contagio, que hasta hace unas décadas no existía, es otro rasgo que no deja a nadie a salvo. Si un tipo pierde en China, no es improbable que se cubra vendiendo Buenos Aires, Brasil o cualquier otro. Y por más que el contexto local ayude a un recinto, la epidemia alcanza todo.
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