8 de enero 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

¿Recuerda el lector cuando desde aquí nos arriesgamos a descalificar a varios personajes prominentes que aseguraban que el problema no afectaría la economía real?

Unos meses más adelante, no muchos, y después de ver de qué modo se derretían las sucesivas medidas tomadas, ahora se está hablando de una «recesión» que va cobrando fuerza en la economía de Estados Unidos. Ya con Bush queriendo sacar algún conejo de la galera -o algún incentivo fiscal-el agua llegó a las puertas de la Casa Blanca, cuando la Reserva Federal y otros organismos fueron tapados por la corriente. ¿Y qué hacer frente a esto el simple inversor real, que no vive de saldos virtuales, sino de resultados? En principio, nos promueve modificaciones a la aguda y certera sentencia de Keynes que veíamos ayer y que -recordemos-decía: «El mercado puede permanecer irracional más tiempo que el que usted puede permanecer solvente».

Se la pedimos prestada, para reemplazar al sujeto, y para que esté a tono con esta realidad, queda así: «Los funcionarios y analistas pueden permanecer disfrazando la realidad más tiempo, que el que usted puede permanecer solvente». Imaginemos al que se guía por los cargos, o el supuesto prestigio, de los que llegan a los medios y esparcen sus opiniones por todas partes. Y que en cada nueva declaración con carácter de optimista, hubiera tomado la actitud de jugarse a un resurgimiento de los índices, a partir del propio Dow Jones. Hoy, ya lo estaban velando de parado, muerto con las acciones puestas.  

Solamente la desconfianza absoluta, podía poner a salvo al capital del inversor frente a un problema que, ya desde el vamos, pintaba como insondable y casi imposible de cuantificar en sus daños posibles y sus secuelas. El pesimismo racional, en base a evidencias, por encima del optimismo impulsivo y carente de asideros. Ya estamos lidiando con esa palabra que parecía fuera de posibilidad, hasta no hace mucho: la recesión. Y los que pregonaban que nada sucedería seguirán volcando sus opiniones, lógicamente que cambiando la orientación de las mismas y pasando como pronosticadores de última hora: cuando los efectos están a la vista y ya no le sirve a nadie.

En el mundo financiero y bursátil, el grado de temeridad es solamente comparable a la audacia desbocada de los que arman instrumentos explosivos. A la negligencia de quienes deben controlarlos y desactivarlos. Y a la desfachatez -completando el circuito-de aquellos que deben ser veraces en sus observaciones y análisis.

Casas bursátiles, con larga historia internacional, que no dudaron en crucificar incautos lanzando recomendaciones inversas a lo que debía hacerse, con tal de poder colocar posiciones. Una vergüenza compartida y que hace pensar seriamente en qué manos está el gran mercado mundial: montado en sinnúmero de falacias.

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