Causaba no poco asombro ver la reacción del Dow Jones, el martes, justamente detrás de los grandes titulares en todo el mundo donde se informaba de la reforma de normas y controles, que se propugnó en los Estados Unidos. ¿Contentos los muchachos del NYSE, con aquello que podría ir también en contra de sus deslices? Más de 3% de suba, el día después de eso, una incongruencia total: era lo que comentaban los operadores en nuestro ambiente (nosotros también, desde el «mangrullo» de observación periodística) y se daba por descontado que no podía ser. A menos que se hubieran «pegado» mal con el trago, la recepción a tales reformas nunca son bien consideradas y muestran el desagrado en los índices de los mercados.
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Sucedió otra cosa en ese martes pasado, no menos llamativa, que tenía más connotación para resaltar estimulante y subir al NYSE. El asunto de ciertas cifras bancarias, de allá, que superaban las previsiones y análisis previos yendo en torno de 10% por encima de éstos. ¿Cómo consiguieron dar tales muestras, justamente los bancos, cuando estaban en una hondonada a ojos vista? Misterio que no está en nosotros poder develar, lejos de la zona de cocción de tales números norteamericanos.
Y uno se pregunta, porque ya todo cabe en una estructura financiera que saltó por los aires y dejó al desnudo sus falencias, si no es que aplicaron la «vista gorda» en el sector, para hacerlos como la gran sorpresa favorablee inyectar algo de optimismo en su gente.
Y esto es lo que suele pasar cuando se rifa la credibilidad, se manosean los límites y las normas, se vulnera la sensación de prolijos controles y sanidad de un sistema: todos tienen ya el derecho a dudar, acerca de todo lo que muestre en adelante. De hecho, ya hay quienes dudan mucho sobre el proyecto lanzado y diciendo que será apenas modificar algunas cuestiones, sin ir a fondo. Como para dejar tranquilos a los que solicitan análisis a corazón abierto y que se conozcan culpables y responsables negligentes, para que esto haya vuelto a suceder (mucho peor que los antecesores casos).
Siempre se tiende a olvidar el principio de lo «fiduciario», de ese delgado cristal que tanto hay que cuidar para que no se quiebre y que resulta la verdadera fortaleza de un país, un sistema financiero, o una moneda emitida. Lo que, en realidad, vino sosteniendo al dólar como rector internacional y cuando no se sabe cuánto billete hay emitido, qué respaldo real se puede aguardar. La confianza depositada en que es la primera economía del mundo, en que siempre sale de los problemas, en que todos acuden a seguir dándole crédito, es lo que está en riesgo. Y todos ahora sabemos que han permitido un desastre, que no controlan como se suponía, que sus bancos no son confiables. Y que, en la desesperación, todo puede caberles.
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