Cupones bursátiles

Economía

Una nota -para nosotros interesante y muy apropiada-en el diario «Clarín» del pasado domingo, apuntando a: «No ajustar por inflación, un beneficio fiscal para el Estado».

Con la firma de José Luis Ceteri, allí se describía el modo en que se continúa ignorando el fantástico ritmo de inflación -desde 2001, 200%, benigno y todavía muy distante de la realidad-y la comezón que ello viene produciendo en ingresos de las personas. Esto, vinculado a los diversos aportes que se realizan y la no modificación de las «bases imponibles». A título de ejemplo, un mínimo no imponible que en valores históricos resulta de $ 4.800 y con 56% de aumento pasó a valor actual de $ 7.500; al aplicarle una corrección real, debería ubicarse ahora en los $ 14.400.

Y la nota incorpora una apreciación terminante: «Uno de los éxitos recaudatorios es la falta de actualización».

Después de recorrer tales líneas, de inmediato se empalmó en nuestra mente un asunto que periódicamente -y desde hace mucho-vinimos remarcando. Es hora de preguntarse mucho más sobre cuál es la tremenda cifra que el Estado está capturando -indebidamente-de las arcas de las sociedades, no ya de las personas.

Eslabón lógico para relacionarlo, otra vez, con lo bursátil y con empresas cotizantes que, a todos los inconvenientes que ya les causa la inflación «de costos» comiendo márgenes de utilidad, deben seguir viendo de qué modo se van en recortes fiscales, enormes sumas, que no corresponden que se eroguen y que deberían merecer el «ajuste por inflación». Algunas sociedades lo destacan en sus comentarios adicionales, son pocas, expresando cómo deberían ser las cuentas si no estuviera aplicando esa medida.  

Ya es imposible de sostener lo inflacionario maquillado, esto está fluyendo como si hubiera un caño roto en las paredes de nuestra economía. Y resulta que ni siquiera la increíble «maldición» oficial se permite trasladar, a sabiendas de que la erosión real es mucho mayor.

Y allí, entonces, también se verifican grandes sumas que engrosan recaudaciones -y de las que tanto gustan ufanarse en el gobierno-que las están tomando de manera indebida de toda la comunidad, en lo personal, y de las sociedades comerciales.

Tan sencillo, como saber que en la década pasada la inflación había quedado afuera de balance y de mentes ciudadanas. Pero, en este trayecto desde 2001 en adelante, el fantasma inflacionario se corporizó primero (al amparo de los funcionarios que solían decir: «Un poco de inflación está bien...») y salió a fagocitarse a todos, después. Estamos viviendo una época inflacionaria: seguimos midiendo lo fiscal con el «número histórico».

Uno de los absurdos más graves que persisten, sin generar
las quejas que merece.

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