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18 de septiembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Justamente en la columna anterior, decíamos que si alguno va a rozar por el Merval, que le agregue alguna oración por el Dow (aunque no le guste). Al día siguiente de haberlo escrito, nuestra Presidente salió con su propia interpretación, sobre cómo están las cosas en el mundo. Y aparentemente con júbilo mal disimulado, se dedicó a festejar que: «El primer mundo, ése que nos habían pintado como al que teníamos que llegar, se derrumba como una burbuja...». Más allá de que nunca se ha visto a una burbuja derrumbarse -en todo caso explotan, se pinchan, o se volatilizan-, la lectura que se hace oficialmente de una crisis que tiene a todos los países en un suspiro es preocupante. Y mucho más cuando el remate de esa frase jubilosa vino con: «Y nosotros, con nuestro proyecto nacional, aquí estamos en medio de la marejada, firmes...».

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A través de este mensaje se alcanzan a comprender los porqués de no percibirse nunca un mensaje oficial que alerte a la población sobre posibles daños que irán a sufrirse dentro de la onda expansiva global, mientras se prosigue alentando la actitud del consumo, del consumo... e inflando un pretendido orgullo nacional por estar al margen de lo que pueda sucederles a los demás, no a nosotros. De las frases, también se desprende que es malo aspirar a participar de lo que se denomina «primer mundo», mucho mejor quedarse revistando entre los menos considerados. En derredor del discurso que se prenunciaba, la misma tarde el «riesgo-país» subía como en el tren de las nubes, se hablaba de la anulación del tren bala (por falta de créditos) y surgían apreciaciones preocupantes si se produce una depresión en commodities, ante los pagos a efectuar en 2009. Algún asesor debería comunicarle a la mandataria que estos efectos que ya se sienten no son obra de la casualidad. Y que más vale que la crisis de la que tanto se alegra no siga barranca abajo, porque no hay defensas ni «proyecto nacional» que valga, cuando el agua sube. De paso, vendría bien ir pidiendo a la gente -en especial a los sindicatos- que dejen de vivir en la propia «burbuja» y actúen con mayor prudencia por tiempos duros que podrían arribar, como secuelas inevitables.  

Un simple repaso a otros momentos de turbulencias que se han vivido en otras partes y de qué manera nos pegaban (como el tequila, apenas un temblor al lado de lo de ahora) sacaría a la Presidente de una «burbuja», en la que ella misma se ha metido con su modo de ver y festejar la desgracia ajena. Acaso ofendida con el «primer mundo», por cuestiones distintas, la llevaron a descargar la ira de modo tan desairado.

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