7 de diciembre 2005 - 00:00

De Vido repitió a Lavagna ante empresarios en Nueva York

Julio De Vido
Julio De Vido
Si alguien esperaba que Julio De Vido presentara ante los ejecutivos neoyorquinos que lo escucharon ayer en el Council of the Americas argumentos distintos de los que el gobierno provee ante la audiencia local para defender sus políticas, habrá quedado defraudado. El ministro no trampeó las razones por las cuales habría que invertir en la Argentina. Tampoco las pulió o mejoró, es cierto. Sobre todo al hablar de la inflación que, también fuera del país, se ha convertido en el primordial problema de la agenda pública. La principal virtud de la presentación fue la sinceridad, como se advertirá en el inventario de observaciones y juicios que expuso el ministro ante la audiencia.

En cambio no puede decirse lo mismo de la concurrencia a ese club de Park Avenue. A la hora de preguntar, nadie indagó sobre la corrupción que George Bush o Roberto Lavagna, por citar a dos analistas calificados de la realidad oficial, presumieron en algunos manejos del gobierno. Tampoco le preguntaron al ministro sobre la reticencia de la Argentina a seguir negociando la apertura comercial que supone el ALCA. O por las «relaciones carnales» con el venezolano Hugo Chávez. Mucho menos se interesaron por los avatares de la Cumbre de las Américas, que el gobierno de los Estados Unidos considera fracasada. Tal vez no fue por cinismo sino por prudencia que esas preguntas no se escucharon en la reunión. «¿Qué representante de una empresa norteamericana se animaría a cuestionar políticamente a un ministro con el riesgo de perder el cargo?», reflexionó, realista, uno de los acompañantes de De Vido. A él le sucedió lo que al clima, ayer, en Manhattan: se había anunciado una tormenta de nieve y hubo un sol radiante.

• Elogio

El arquitecto preparó un discurso relativamente largo, con el corte oratorio que imponen esas ocasiones: largar enumeraciones sobre niveles de crecimiento y, sobre todo, sobre oportunidades de inversión, en general en sectores regulados por el Estado que son los que este funcionario más conoce (enumeró kilómetros de gasoductos, vías férreas y carreteras).Sin que intentara demostrarque los problemas con Lavagna eran personales, no conceptuales, terminó robusteciendo esa tesis cuando elogió las dos vigas maestras de la política que llevó adelante el ministro expulsado: el «tipo de cambio competitivo» y una de sus consecuencias, la sustitución de importaciones.

El principal ministro del gabinete de Kirchner intentó despejar dos problemas principales: la inflación y el reemplazo de Lavagna por Felisa Miceli. Sobre los precios juró que el gobierno no subirá la tasa de interés ni tomará medidas para enfriar la economía. Desarrolló la tesis principal del discurso K sobre el problema: no se trata de una cuestión ligada a la política monetaria. De Vido dijo, más llanamente: «Hay que terminar con las políticas que llevan la economía del freezer al microondas y del microondas al freezer». Apostó a que la inflación estará dominada porque está garantizado el superávit fiscal y se duplicarán las reservas líquidas. Nadie le preguntó, claro, si esos mismos objetivos no se consiguen de manera inflacionaria, por los niveles de emisión que demanda mantener el dólar a 3 pesos. No hacía falta: De Vido repitió, sin sentido crítico, los argumentos de Lavagna en el coloquio de IDEA. Hasta defendió que actualmente el salario real está en aumento y que eso disminuirá la conflictividad social.

• Defensa

Sobre el reemplazo de Miceli,también fue tácitamente elogioso con su rival de otrora, Lavagna. «La nueva ministra trabajó durante años con el ministro anterior. No hay ningún cambio brusco. El Presidente procuró homogeneizar su gabinete pero no produjo un cambio brusco», aseguró.

Cuando le tocó defender el tipo de oportunidades que presenta el país expuso su « ferretería» habitual: el gasoducto de u$s 4.000 millones que irá de Caracas a Buenos Aires y para el que convocó a realizar inversiones; la insuficiencia de puertos y generación energética del país (argumento que tal vez opere en sentido contrario al pretendido); la constitución de un mercado electrónico del gas, destinado a transparentar operaciones que, se supone, dejarán de ser inestables; la liquidación de 35 negociaciones de contratos de servicios públicos sobre 61 que estaban pendientes; el respeto de las reglas de juego, «que consisten en no endeudarse más allá de lo que se puede pagar»; etc. Respecto de esto último, aclaró el comportamiento del gobierno con un caso reciente y controvertido: «Los supermercadistas no fueron presionados. Se les explicaron las ventajas de bajar los precios y entendieron que eso era mejor para todos». Una razón impecable si se la compara con otros argumentos oficiales, como el que expuso el contador Aníbal Fernández la semana pasada: «Hemos decidido fijarles la rentabilidad a las empresas para que nadie pierda, ni ellas ni la gente, ya que en eso consiste el capitalismo, en que todos ganen plata». A propósito de los supermercadistas, De Vido se empeñó especialmente en destacar un dato ante su audiencia: «En la Argentina no existen precios máximos».

Además del ministro, en el Council hablaron varios empresarios sobre la situación económica argentina. Fueron algo así como esos testigos que suben al podio en las liturgias evangélicas. El más elocuente fue Marcelo Mindlin: no se esperaba otra cosa, es el primo del anfitrión argentino de De Vido, el cónsul en Nueva York Héctor Timerman. Mindlin explicó su experiencia en la adquisición de Transener y Edenor, contó cómo se negoció la salida por los reclamos franceses en el CIADI y apostó, prudentemente, a una recomposición de tarifas para el año próximo. A De Vido no se le movió el bigote. También Ernesto Gutiérrez (Aeropuertos), Adelmo Gabbi (Bolsa de Comercio) y Roberto Urquía (Aceitera General Dehesa) transmitieron sus experiencias como casos alentadores.

El paso por el Council fue solamente un tramo de la visita de De Vido a NuevaYork. Con algunos de sus principales colaboradores como Guillermo Moreno, Cristina Folgar, Claudio Uberti, Daniel Cameron (a pesar de que se habló de Transportes, no viajó a los Estados Unidos Ricardo Jaime), el ministro recibió a inversores de distinto porte y sector. Anoche mismo, durante una comida en el consulado, Timerman sentó junto a De Vido a operadores del grupo Soros, del fondo Raymond James, a Lou Hannover y al más que conocido mexicano David Martínez.
Cuando el ministro no había llegado, la noche del lunes, la anfitriona del Council of the Americas ofreció una comida a la que asistieron los empresarios argentinos y varios banqueros de Wall Street. Tres comentarios clave de esa reunión: 1) una gran incógnita de la Argentina sigue siendo la provisión de gas para la generación energética, problema que no se resolverá con un gasoducto como el venezolano, extraordinariamente caro; 2) debería existir alguna institución que opere los títulos de empresas argentinas en la Bolsa de Nueva York, como hacen gobierno y hombres de negocios de Brasil; 3) el financiamiento del Estado puede seguir siendo interesante para los inversores neoyorquinos pero las obligaciones que emitan las empresas seguirán encontrando sequía en el mercado internacional. De Vido no escuchó, al menos en público, estas inquietudes. Llegó recién al otro día, apurado. Tanto, que ni siquiera despachó equipaje en Buenos Aires para poder huir rápido, con sólo un portatrajes, de la base neoyorquina. Un problema para los acompañantes y sus valijas, que no fueron esperados por los autos oficiales.

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