Los mercados han tomado de una manera muy benevolente los preocupantes datos de la balanza comercial aportados el martes por el INDEC. El déficit de u$s 364 millones de diciembre fue ignorado por todas las cotizaciones libres del dólar -a la que algunos funcionarios suelen perseguir y hasta culpar de todos los males de la economía argentina-. Afortunadamente también fue ignorado por los mercados de bonos y acciones cuyas suaves bajas no son novedad y no se deben a los datos de la balanza comercial. Incluso también hasta el mercado de futuros del Rofex -que cotiza según el dólar comercial del BCRA- mostró poco menos que un olímpico desdén por esos datos oficiales, aunque en este mercado, claro, hay que tener en cuenta que el BCRA opera como vendedor así que los resultados finales poco indican. Sin embargo, conviene no dormirse -no tanto en los laureles sino en el campo de los espinosos cardos que suele resultar para la economía argentina tener un constante déficit de balanza comercial-.
La luz amarilla del déficit comercial
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Puede decirse que si todo ha transcurrido mansamente en los mercados ante el sorprendente resultado comercial no todo va a seguir por el mismo camino si estos sorprendentes datos negativos se repiten y son una constante tan solo unos meses más. Veamos porqué. En la economía argentina, que suele ser deudora de dólares del exterior, el superávit de balanza comercial suele cumplir varias funciones importantes. Probablemente las dos más relevantes son, primero, cuando hay control de cambios como ahora, nacionalizar el superávit de la balanza comercial. Segundo, operar como freno de un aumento inmediato de los precios el cual existiría si ese control de cambios no cumpliera la función de subsidiar la importación de bienes y al mismo tiempo operar como barrera al incremento en los precios agropecuarios -léase principalmente alimentos- que de otra manera subirían al ritmo que lo haría una cotización libre del dólar cada vez que la demanda supera la oferta.
Ahora bien: ¿Qué significa esto de nacionalizar el superávit de balanza comercial? A muchos les puede resultar oscura la expresión aunque resume muy bien la principal función que cumple -y han cumplido- los controles de cambio en Argentina. Nacionalizar el superávit de la balanza comercial significa que merced a la obligación que tienen exportadores e importadores de vender y comprar sus dólares al Banco Central, este último se queda con el resultado neto de dólares y puede acumular de esta manera reservas. De otra manera, en un mercado libre y flotante el superávit de balanza comercial operaría como un incremento en la oferta de dólares en el mercado y como un implícito subsidio a la compra de dólares por parte del sector privado, salvo que el Tesoro opere también como comprador. Siguiendo con este razonamiento, el superávit de balanza comercial -cuando lo hay- en el contexto de un control de cambios permite acumular reservas a precio subsidiado para el Banco Central con lo que hay más dólares para poder pagar los servicios de la deuda externa.
Ahora bien, desde septiembre pasado el suculento superávit de balanza comercial que desde hacía mucho tiempo superaba en forma cómoda los u$s1000 millones al mes comenzó a reducirse primero a u$s400 millones mensuales, luego a u$s200 millones mensuales y ahora directamente ha producido un importante déficit en diciembre. Ese déficit explica muy bien porqué en ese mes el Banco Central no pudo comprar -y tuvo que vender- dólares a pesar de estar ingresando la parte más suculenta de la cosecha fina. Si esto es cuestión de un mes, vaya y pase, total una golondrina no hace verano. Pero si esto es el inicio de un importante cambio de tendencia y el déficit se repite un par de meses más sería necesario repensar en forma urgente la política cambiaria y con ella, por su importancia, todo el andamiaje económico.
Es fácil entenderlo: si la principal función del superávit de la balanza comercial en un contexto de control de cambios es nacionalizar los dólares que ingresan por esa vía, si ese superávit no existe y en su lugar hay déficit, entonces no hay dólares que nacionalizar. O peor aún, lo que se nacionaliza es un déficit. Vale decir, se subsidia en exceso a la importación y ese subsidio neto lo pagan no solo quienes exportan sino también el propio Banco Central que sacrifica reservas para mantener el esquema del control de cambios. Vale decir entonces que los beneficios que puede aportar un control de cambios a una economía como la argentina se reducen al punto de desaparecer -y transformarse en un claro perjuicio- en el contexto de la pérdida de reservas que significa un déficit de la balanza comercial. Es por eso que en caso de repetirse este déficit un par de meses más habría que revisar toda la política económica porque un Banco Central con pocas reservas externas como el que tenemos no puede sobrevivir por demasiado tiempo sin tener que devaluar fuertemente o sin salir apresuradamente del control de cambios con un déficit comercial y una pérdida de reservas de cientos de millones de dólares al mes. El Banco Central no tiene espaldas para eso. Y para colmo no es una novedad, lo saben todos en el mercado. Entre paréntesis hay que decir que es una bendición que el crédito externo esté cortado en estos momentos y el Banco Central no pueda colocar letras en dólares de corto plazo a alta tasa de interés como lo hizo en 2016 y 2017. De otra manera se caería en la tentación de mantener el control de cambios endeudándose alegremente en dólares a alto costo. Sería un pasaporte costoso a un fracaso rotundo. Por eso, si esto se repite, les guste o no les guste, las autoridades van a tener que replantearse el esquema cambiario y con él toda la política económica por la sencilla razón de que no hay dólares suficientes para subsidiar por demasiado tiempo la compra de dólares por parte de la importación. Al decir esto obviamente nace una preocupación acuciante. Y la misma es que lejos de un sano replanteo de cómo seguir diagramando la economía las autoridades intenten forzar torpemente la generación de un superávit de balanza comercial lo cual sería pan para treinta minutos y hambre no para mañana sino para la misma cena de hoy.
¿Qué significaría intentar forzar la aparición de un obligatorio superávit de balanza comercial? Sencillo: disponer, por ejemplo, la prohibición de importación de una variada gama de productos o imponerles un arancel de tal magnitud que significaría una tácita prohibición a su importación. En tal caso se lograría quizás un superávit por muy corto plazo para volver a caer en un déficit en unos pocos meses. Y no solo al déficit, sino también volver a reducir la tasa de crecimiento porque empezarían a faltas insumos importados o incluso bienes de consumo importados, lo que provocaría una mal diseñada sustitución de importaciones porque los empresarios que se apresuren a producir los bienes importados que en tal caso ya no habría, saben muy bien que la prohibición a la importación tiene patas cortas y que la misma duraría solo mientras dure el control de cambios. Por lo tanto, van a producir bienes que antes se importaban de baja calidad y a un precio muy superior, con el aditamento de que la inversión real que harán en esos “nichos comerciales” será bajísima porque nadie pone demasiado dinero en un área que se supone que un mero cambio de política económica -ni siquiera un cambio de Gobierno- barrerá del mercado con la producción nacional cara y de baja calidad que durante un corto tiempo pueda hacerse. Por suerte parece ser que el ministro Guzmán conoce bien el paño y no es afecto a este tipo de tonterías económicas, pero las actitudes que ha tenido en el pasado la cúpula del Banco Central dan pie a pensar que, por la intrusión además que ese organismo ha hecho en 2020 del diseño de la política económica, cosa que no le correspondía, podríamos tener serios problemas. A fin de que no ocurra, nada mejor que recordar la frase del general Perón y curarse en salud. Perón decía “No hay nada más peligroso que un b... con iniciativa”. Desde el Banco Central ha habido un exceso de iniciativa últimamente. Este es el mejor momento para garantizar -y garantizarse- que ello no vuelva a suceder.



