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Para determinarlo conviene prestar atención al comunicado que emitió Roberto Lavagna el martes por la noche al anunciar que, finalmente, había conseguido que Merrill Lynch interviniera en la operación de reestructuración de deuda (Unión de Bancos Suizos y Barclays Capital ya habían admitido intervenir desde los comienzos de la licitación). El comunicado del ministro de Economía no menciona dos «detalles» y ese silencio fue una condición impuesta por el propio banco que se incorporaba al negocio: no hay alusión alguna a la gaseosa presentación de Dubai y menos aún a 75% de quita que pretende el Estado de los tenedores de bonos.
La misma presencia de Merrill Lynch debe entenderse como una derivación de la comparecencia de Lavagna en la reunión del G-7 de Boca Raton. Actores muy bien informados del mercado financiero comentaban ayer que ese banco no se involucró en la operación argentina con demasiado entusiasmo y que lo hizo después de una gestión realizada en favor del ministro por el Tesoro de los Estados Unidos. El ministro comenzó a girar cuando advirtió, igual que Kirchner, que había una novedad crucial por la cual el contexto de las negociaciones con el Fondo quedaba modificado: la administración de George W. Bush se comportaría esta vez como una más del Grupo de los 7 y ya no abogaría por el país cuando llegue el próximo vencimiento del 9 de marzo. Cuando José María Aznar le adelantó al Presidente, en Madrid, que el director gerente del Fondo, Horst Köhler, estaba dispuesto a destacar en Buenos Aires a un experto en negociación de deuda (de origen alemán, amigo suyo) para que apuntalara al equipo argentino, Kirchner rechazó la sugerencia. Si la oferta se realizara en estas horas el resultado sería, tal vez, otro.
La promoción de estas imágenes de la primera dama con figuras del sistema financiero cumple dos funciones, similares a las que ayer tomó la Presidencia de la Nación en la Casa Rosada para difundir la reunión de Kirchner y Alberto Fernández con el presidente del Banco Central, Alfonso de Prat-Gay. Por un lado, hacer gestos amigables hacia la comunidad de negocios que presente su dureza como una derivación de la ecuación fiscal y no como un capricho cargado de ideología. Fue lo que explicó la senadora Kirchner a la decisiva Joyce Chan, responsable del área de mercados emergentes de JP Morgan (otro banco que, como el Citi, no se presentó a la licitación oficial). Chan participó de la comida que un grupo de mujeres ofreció a la primera dama, sin entender muy bien por qué la convocaban a ella, una banquera, a una reunión de titulares de ONG. Pero fue la depositaria de una larga explicación de la esposa del Presidente sobre la intención de la Argentina de no caer en el nivel de riesgo-país en que se encuentra Ecuador después de haber hecho una oferta demasiado generosa en la negociación de su deuda.
Por otro lado -esta es la clave de la aproximación a Prat-Gay, que tal vez haya quedado sorprendido con la nube de fotógrafos convocada por su anfitrión-, con su álbum de fotos con personalidades ligadas a las finanzas el gobierno pretende no aparecer como convidado de piedra de un proceso de negociación que hoy controla exclusivamente Lavagna. Este aspecto del problema no debe ser menospreciado: Kirchner tiene una sola versión de lo que sucedió en Boca Raton y es la versión del ministro de Economía, es decir, del responsable de una estrategia que está mostrando fallas notorias. José Octavio Bordón, que debería haber participado en las reuniones de Florida, se encontraba en esas horas en Nueva York, intentando sumarse a la comitiva de la primera dama.
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