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7 de junio 2026 - 00:00

Diego Coatz: "Argentina ya construyó un consenso sobre la estabilidad, ahora necesita un consenso productivo"

El exdirector ejecutivo de la UIA advirtió por el avance de la informalidad y el riesgo de una "latinoamericanización" de la economía argentina.

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Diego Coatz, exdirector ejecutivo de la UIA.

Mariano Fuchila

Diego Coatz es probablemente uno de los economistas que más contacto tuvo con la economía real argentina en las últimas dos décadas. Fue Director Ejecutivo y economista Jefe de la Unión Industrial Argentina (UIA) hasta hace pocos meses y fundó el think & speak tank I+D (Industria y Desarrollo). En medio de profundos debates sobre el rumbo del modelo, le concedió una extensa entrevista a Ámbito. Puso en jaque a la idea de que con la estabilidad macroeconómica alcanza y pidió alcanzar un "consenso productivo".

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Coatz, que además es socio de la consultora Contexto Investments, remarcó la necesidad de generar incentivos para asociar a la industria al boom de Vaca Muerta y elaborar una política comercial inteligente para evitar los desvíos de comercio y el dumping.

Periodista: En 2025 la economía creció y al mismo tiempo se destruyó empleo formal. ¿Cómo se explica ese fenómeno?

Diego Coatz: Más que dos velocidades, se están conformando dos economías. Hay una economía vinculada a los recursos naturales, a la minería, al agro —que tuvo una buena cosecha— y a la energía, que hoy está traccionando actividad. Pero desde febrero o marzo del año pasado, los sectores que históricamente son el corazón del empleo en la Argentina —el comercio, la construcción y la industria— empezaron a caer.

Y eso tuvo un impacto concreto: en los últimos doce meses el conjunto de la economía perdió, en promedio, entre 13.000 y 14.000 empleos formales por mes. Ese es el gran desafío que tiene la Argentina. Primero, crecer más. Y después, lograr que ese crecimiento tenga mayor integración y genere empleo formal, sobre todo si queremos mantener algo que todavía nos distingue en América Latina, que es tener una clase media relativamente amplia.

P.: ¿Hay riesgos de perder esa característica distintiva?

D.C.: Argentina sigue teniendo muchísimas capacidades productivas en la industria, los servicios, la biotecnología, la farmacia y otros sectores. El problema es que esa economía formal, que hace décadas representaba la mayor parte de la actividad, fue perdiendo peso relativo.

En algún momento era el 90% de la economía; en 2011 era cerca del 70%; hoy representa alrededor de la mitad. Lo que fue creciendo es la economía informal.

Diego Coatz

P.: ¿Hacia dónde se desplazan esos trabajadores que son expulsados de la formalidad?

D.C.: Los empleos que se pierden en la industria o en el comercio formal no terminan en sectores de alta productividad. No es que esas personas pasan a trabajar en los servicios financieros o en actividades de punta.

Muchas veces terminan en una feria, en la venta ambulante, en trabajos por cuenta propia de baja escala o en aplicaciones. Entonces no tenemos una transición progresiva hacia sectores más productivos. Lo que vemos es que empleos de peor calidad van ocupando el lugar de empleos de mejor calidad.

P.: ¿Qué implicancias tiene en la agenda de desarrollo?

D.C.: Argentina está llegando a un punto de inflexión. La industria necesita recuperar dinamismo y hay sectores del comercio y los servicios que tienen que volver a crecer.

Si no, nuestro destino es ser un país típico de América Latina, estable pero sin progreso social. No vamos a ser Europa Occidental, Polonia o los países asiáticos que lograron dar saltos de productividad y desarrollo.

P.: Hay un planteo que aparece bastante desde el Gobierno: la idea de que los empleos que se pierden en sectores tradicionales van a ser absorbidos por los sectores vinculados a los recursos naturales. Dicho de manera gráfica, que los puestos de trabajo que se pierden en el conurbano se van a crear en la cordillera.

D.C.: No, no va a ocurrir de esa manera. Las estadísticas muestran que hoy hay más destrucción de empleo que destrucción creativa. Eso no quiere decir que los recursos naturales no sean una enorme oportunidad. Pero para que generen más empleo se necesita desarrollar una red de proveedores y servicios con valor agregado.

P.: ¿No faltó una mayor exigencia en materia de proveedores locales o transferencia tecnológica en el RIGI?

D.C.: El RIGI es un parche necesario para resolver problemas de financiamiento y competitividad. Se logró una exigencia del 20% de componentes locales, aunque podría haber sido mayor y haber incorporado más incentivos a la transferencia tecnológica y la investigación y desarrollo. Ahora el desafío pasa por acompañar a los proveedores locales.

Diego Coatz

P.: ¿Y cómo se logra eso?

D.C.: Argentina tiene una base importante de proveedores industriales. El desafío es cómo acelerar su crecimiento. Hay experiencias exitosas en Noruega y Australia que combinan financiamiento, transferencia tecnológica y coordinación público-privada para desarrollar proveedores alrededor de la energía y la minería. Aguas arriba y aguas abajo tenemos que hacer una política de desarrollo de los recursos naturales.

P.: El extitular de la CEPAL, Mario Cimoli, dijo que no existe experiencia de desarrollo sin política industrial. ¿Coincidís?

D.C.: En la Argentina se fue construyendo un consenso respecto de la estabilidad macroeconómica. Después de tantos años de inflación alta, crisis recurrentes, cepos, brechas cambiarias y problemas para acumular reservas, hoy existe bastante acuerdo en que la estabilidad es una condición necesaria. Ahora bien, la estabilidad por sí sola no genera desarrollo. Ese consenso todavía necesita incorporar una agenda de crecimiento. Porque la trampa latinoamericana es justamente esa: estabilizar, bajar la inflación y ordenar las cuentas, pero sin lograr aumentos sostenidos de productividad ni crecimiento económico. Y ahí aparece una segunda discusión, que para mí es central: la necesidad de construir un consenso productivo.

P.: ¿Qué puntos pondrías sobre la mesa para ese consenso?

D.C.: Primero, crecimiento. Argentina tiene que volver a crecer integrando a todos los sectores, sin que se profundicen las brechas entre actividades. Tienen que crecer la construcción, la industria y el comercio, pero también los servicios y los sectores vinculados a los recursos naturales. Para eso hay que tomar medidas que impulsen la actividad: recuperar el crédito e incentivar el consumo formal.

Segundo, inversión. El esquema tributario tiene que fomentar la agregación de valor y premiar a quienes desarrollan capacidades locales, invierten en investigación y desarrollo o apuestan por la formación de talento. Eso también debería complementarse con incentivos al mercado de capitales, promoviendo instrumentos que canalicen el ahorro hacia empresas productivas y pymes.

Tercero, infraestructura. El sector privado es clave, pero el Estado también tiene un rol. Hay que conseguir financiamiento y garantías a través de organismos internacionales como la CAF o el Banco Mundial para desarrollar la infraestructura que necesita el país. Incluso sectores dinámicos como la minería requieren inversiones que exceden a cada proyecto en particular y demandan una coordinación más amplia.

Diego Coatz

P.: ¿Agregarías una mirada sobre la integración internacional?

D.C.: Sí. Hay que entender el mundo en el que competimos. Hoy las empresas no compiten solamente contra otras empresas, sino también contra Estados que subsidian, financian y protegen sectores estratégicos. El mundo es un quilombo. De las ganancias de las 500 principales industrias globales, cerca del 22% proviene de apoyos estatales como exenciones fiscales, créditos o transferencia tecnológica. En muchas empresas chinas esa asistencia supera el 50%. Ese es el escenario en el que se mueve la producción mundial. Si la Argentina no entiende ese contexto y no desarrolla una estrategia inteligente para insertarse, corre el riesgo de perder capacidades productivas que le llevó décadas construir.

P.: ¿Por qué no se logró discutir seriamente hasta el momento?

D.C.: Porque cuando hay tanta volatilidad y tanta incertidumbre, la coyuntura termina ocupando mucho más espacio que la estrategia. Y eso, en la Argentina, se profundizó muchísimo en los últimos diez años. Les pasa a los dirigentes políticos, a los empresarios y a los sindicatos. Hay una mirada cada vez más defensiva, enfocada en cuidar lo que uno tiene para no perderlo, más que en pensar cómo agrandar la torta. La coyuntura terminó desplazando discusiones fundamentales como el crecimiento, la productividad o cómo generar más riqueza para después distribuirla.

P.: ¿El Gobierno está siendo ingenuo en la administración del comercio?

D.C.: Yo sacaría del debate la expresión "administración del comercio", porque quedó muy asociada a una etapa determinada de la Argentina. La administración del comercio, tal como se entendió durante muchos años, aparecía muchas veces como un mecanismo para compensar problemas macroeconómicos: brecha cambiaria, falta de reservas, múltiples tipos de cambio o restricciones externas.

Cuando uno logra tener una economía más normalizada, la discusión pasa por tener una política comercial inteligente. Porque todos los países la tienen. Los aranceles volvieron a ganar protagonismo. Están las barreras sanitarias, fitosanitarias y técnicas. Están las normas de calidad, los requisitos ambientales y los mecanismos de defensa comercial. Estados Unidos, Europa y China utilizan instrumentos para defender intereses productivos.

P.: ¿Y qué deberíamos hacer nosotros?

D.C.: Hay que exportar más, sin ninguna duda. Hay que mejorar calidad, productividad y competitividad. Pero al mismo tiempo entender el contexto internacional en el que competimos. En la Argentina hay sectores donde el problema del contrabando es muy evidente, como alimentos, bebidas, tabaco o electrónica.

Y no estamos hablando de personas que recurren a eso por necesidad, sino muchas veces de estructuras organizadas que operan por fuera del sistema tributario y regulatorio. También hay productos que ingresan con precios de dumping o con subfacturación. Necesitamos una Aduana que no frene todo, pero que controle el contrabando, establezca valores de referencia y aplique políticas antidumping cuando corresponda.

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