Enrique Iglesias, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, se sintió tan cómodo en el asado que ofreció en su casa Ignacio «Bocha» de Mendiguren que avanzó hasta una frontera desconocida para un diplomático de las finanzas como él: «Cada país adopta el sistema monetario que prefiere ya que se trata de una decisión soberana. Pero ustedes saben que están ante una opción muy clara entre la deflación o la devaluación. Si eligen la deflación, irán al programa del Fondo, con déficit cero, un nuevo ajuste fiscal con reducción de gastos y aumento de impuestos y el consiguiente costo político. Si no quieren hacer esto, pues tendrán que salir de la convertibilidad. En un mundo tan competitivo, con un comercio internacional tan agresivo como el actual, la mayoría de los países elige la flotación cambiaria. Pero también se pueden abrazar al tipo de cambio fijo, sabiendo que para sostenerlo se requiere una baja en los precios de la economía que incluye los salarios y las tarifas». Didáctico y amable, Iglesias presentó estas opciones con la serenidad que le da ser oriental y estar desde hace más de una década en ese mirador que es el BID, desde donde vio pasar mil crisis. Distancia incalculable respecto del resto de la mesa: el jefe de Gabinete Chrystian Colombo, banqueros privados y públicos como Eduardo Escasany (Galicia), Enrique Olivera (Nación) y Ricardo Gutiérrez (Provincia); industriales como De Mendiguren (UIA), Eduardo Baglietto (Techint), Gregorio Chodos (Cámara Argentina de la Construcción), Héctor Massuh (papelero), economistas como Jorge Remes Lenicov (diputado PJ), hombres de campo como Manuel Cabanellas (CRA) y sindicalistas «gordos» como Carlos West Ocampo, Rodolfo Daer y Armando Cavalieri.
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Iglesias pronunció su diagnóstico como corolario para la serie de confesiones que realizaron los demás comensales. Seguramente la más dramática salió de la boca de Colombo cuando dijo: «Si no hacemos un acuerdo político de manera urgente el país se va al hoyo». El «Vikingo» había escuchado a todos en silencio mientras comía, ansioso, como si no fueran ya las 12 y media de la noche. Varias veces le hablaron sobre la necesidad de devaluar, ya no de manera oblicua, como hizo Iglesias, sino casi como una solicitud que se presenta por mesa de entradas. Pero Colombo se mantuvo en sus trece: «Es inviable». No se refería a la receta técnica sino que parecía hablar del cortocircuito político que se produciría para el gobierno si tuvieran que tomar esa determinación.
Remes fue quien más se detuvo en criticar la convertibilidad, como lo hicieron casi todos los que estaban en la casa. Dijo que nadie le puede mostrar todavía los instrumentos que tiene esa política para recuperar la competitividad de la economía y corregir las distorsiones en la escala de precios relativos. Baglietto, en cambio, fue más emocional: «Ya no se aguanta más la caída de actividad y la quiebra de empresas». Daer, West y Cavalieri asentían, quejándose por la nueva baja de salarios que anticipan para el presupuesto nacional. Como si quisiera echar leña al fuego, Remes preguntó: «¿Es cierto que el Fondo fijó una pauta de crecimiento negativa de 1,4% para el año que viene?». Colombo, seco, contestó: «Sí, la cifra es esa. Por eso estamos rehaciendo todo el presupuesto». Daer encendió otro rubio y el jefe de Gabinete devolvió la pelota hacia la provincia: «Hay problemas en muchos distritos, como en el bonaerense, donde Ruckauf tiene un déficit de cerca de u$s 2.000 millones este año».
Escasany, era previsible, siguió apostando a la convertibilidad. Recomendó un pacto político que permita ordenar las cuentas fiscales «porque de esa manera habrá acuerdo con el Fondo y entonces bajará la tasa de interés y tendremos nuevo financiamiento». Lo acompañó Gutiérrez, quien demostró ser más amigo de Cavallo que de Carlos Ruckauf: «Con una reforma tributaria seria se podría evitar salir de la convertibilidad». Escasany y el presidente del Provincia estaban en la casa del devaluacionista «Bocha» De Mendiguren y eso se notó en la fría recepción que tuvieron sus palabras.
Cabanellas, irritado, comenzó a despotricar contra los políticos. «Si estamos así hace más de cuatro años, supongo que la política tiene algo que ver, ¿no? Ahora vemos que se quiere sustituir al gobierno, voltearlo, en vez de hacer un acuerdo racional y patriótico. ¿Para qué quieren ir a la Casa Rosada? ¿Para firmar zapatillas?». No era la del domingo una noche ruckaufista.
Eran ya las cuatro de la mañana y De Mendiguren cuchicheaba con West, organizando la reunión que mantuvieron ayer por la tarde los dirigentes sindicales con los de la UIA. Hablaban del paro del jueves y de la estrategia legislativa que debía llevar adelante el PJ para resistir la eliminación de subsidios que se resolvió este fin de semana. «Nos llamaron a la concertación pero cambiaron de temario en medio de la discusión», se quejó uno de los industriales, tratando de que Colombo no lo escuchara. Habían pasado cuatro whiskies y el acuerdo político reclamado por Colombo comenzaba a deshilvanarse delante de sus narices, casi sin dramatismo, con esa liviandad que da la madrugada.
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