Esta crisis se resolverá en menos tiempo que la del 29
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Europa, en cambio, todavía no logra consolidar un proyecto de firme y convincente unidad política en el plano internacional. Sin este presupuesto esencial, las dificultades para ejercer algún liderazgo se evaporan, simplemente por razones prácticas fácilmente entendibles. Rusia, China y Japón, por ostensibles motivos, tampoco se encuentran en condiciones, al menos por un tiempo, de aspirar a ejercer hegemonías que demandan demasiadas consideraciones productivas, tecnológicas, financieras, científicas y militares que los norteamericanos monopolizan y atesoran sin rivales a la vista.
Entrar en detalles excedería el espacio disponible. Pero pongamos el caso de Europa, subrayando sólo lo indispensable para asumir una función tan trascendente como la de transformarse en líder político mundial, lo cual conlleva entre sus rasgos capacidad para administrar un fuerte poder de disuasión y de arbitraje. El mayor condicionamiento lo delata la falta de una Constitución como instrumento jurídico-político. Este debería definir los objetivos políticos, económicos y sociales, además de los cursos de acción y distribución de competencias entre los veintisiete miembros de la organización.
Si bien es cierto que existen instituciones comunitarias que en arenas específicas desempeñan rectamente sus funciones, no lo es menos que algunos fraccionamientos denuncian serias restricciones y potencian inconvenientes incertidumbres. Quizá es en materia monetaria donde reside una restricción no menor. De los veintisiete miembros sólo quince adhieren al euro. El resto conserva sus signos monetarios históricos con indiscutible fidelidad, como en el caso del Reino Unido, que conserva firmemente su apego a la libra esterlina.
Con motivo de la actual crisis y de la necesidad de encontrar soluciones consensuadas, ha quedado patéticamente documentada la dificultad que acompaña la pronta búsqueda de políticas enderezadas para salir cuanto antes del flagelo. Por ejemplo, Sarkozy con rápidos reflejos se apuró a definir una agenda que no satisfizo a sus pares, aunque el presidente de Francia estuviera a cargo pro témpore de la Unión Europea.
Con respecto a la reunión del 12 de octubre y a la iniciativa de reuniones periódicas entre los miembros de la eurozona, por ejemplo, se formularon dos observaciones de no menor entidad. La primera sospecha, que la tentativa apunta a recortar la independencia del Banco Central Europeo, cuestión que los miembros no comparten, afirmando que ello fue innecesario desde la creación del euro en 1999. Por otra parte, una decisión tan parcial dejaría afuera a los otros doce miembros, lo cual debilitaría más a la organización.
Lo más curioso y contradictorio es que aquella reunión de octubre contó con la presencia de Gordon Brown, el premier inglés, quien paradójicamente fue uno de los más activos participantes en las discusiones, aunque su país sea miembro de la Unión Europea, pero no de la zona monetaria cuyos intereses estaban en debate. Para colmo de surrealismo y para confirmar las dificultades que la asociación conlleva, vale la pena recordar que el año próximo ocuparán la presidencia rotativa de la Unión Europea dos países que como el Reino Unido son parte de la UE sin relación con el área monetaria que es la que demanda intervención y acciones mancomunadas. Es el caso de la República Checa y de Suecia.
Bien, estas breves consideraciones, sin necesidad de profundizar el tema del porvenir de los liderazgos internacionales, resultan altamente ilustrativas para exhortar cambios en el Viejo Mundo, por cierto siempre que mediara alguna disposición para regir o compartir la dirección de los asuntos mundiales, cuestión que sería altamente provechosa para el resto de la sociedad humana. Si ello no sucediera, da la impresión de que el país de Obama seguirá en la vanguardia por un tiempo, cuya duración también descansa en la aptitud y voluntad del resto para variar las cosas.




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