Habla el banquero profugo y clandestino Francisco Trusso
Francisco Trusso fue uno de los miembros del directorio del Banco de Crédito Provincial (BCP), entidad liqui-dada por el Banco Central por un presunto fraude por 300 millones de dólares. Con fuertes vinculaciones con la Iglesia, fue encarcelado en Brasil por el cierre del BCP (luego transformado en el ahora liquidado Mercobank) y el 15 de diciembre pasado se fugó de una cárcel de San Pablo. Desde la clandestinidad, habló ayer en exclusiva con Ambito Financiero y contó su particular versión de los hechos. Tocó todos los temas relacionados con la operatoria del banco. Incluso se quejó de que estar prófugo "es muy caro" y expuso un peculiar relato de su fuga: aparentemente, Trusso no pagó sobornos, sino que, como dijo: "Empecé a caminar sin nada, salí y me fui". Su curiosa justificación es: "Los guardia-cárceles, para dejarme internado, me pedían 50.000 dólares por semana". Hubo aspectos de su actividad como financista sobre los que fue ambiguo: ¿su banco era de la Iglesia? ¿Defraudó al Cardenal Quarracino? Las respuestas no ayudan a resolver estos enigmas. En cambio, en otros puntos sí fue contundente: acusó a su propio hermano de tener más responsabilidades que él en las irregularidades del banco. Se justificó diciendo que devolvió todos los depósitos, pero como todo banquero quebrado, acusó al presidente del Banco Central, Pedro Pou, por su final.
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P.: Digamos que la historia resulta ingenua, casi de cine, como si uno se escapara de la cárcel -siendo famoso, aparte- por azar.
F.T.: Es la realidad. Por otra parte, nunca había intentado escaparme, era un preso dócil, me confiaban. Yo estaba en una caja, en un sótano, en una legacía de la policía brasileña donde encontré gente humana, atenta, tanto que en algún momento hasta salvaron mi vida. Por la intervención de un oficial, en diciembre del '99, debido al riesgoso estado de salud que tenía me internaron por primera vez con 22 de mínima y 25 de máxima. Hubiera muerto esa noche o habría tenido un derrame cerebral si no me trasladaban. Pero así como conocí gente seria y respetable en la policía, también hubo otros -la otra cara-, también responsables de la prisión, que por la fama de que yo había estafado en 300 millones de dólares, me empezaron a pedir dinero para poder seguir hospitalizado. Sin saber bien lo que hacía, en esa oportunidad hice el pago gracias a amigos que me ayudaron. Me equivoqué porque cuando uno entra en esos juegos, luego no se sabe cómo salir. Luego, como no pude continuar pagando, me sacaron por la fuerza y me derivaron otra vez a la legacía sin importarles mi salud.
P.: ¿De cuánto era el pago?
P.: ¿No se trataba de un preso VIP?
P.: Siendo tan importante en términos económicos para esos policías corruptos, parece difícil imaginar un escape tan sencillo.
F.T.: A mí, la verdad, casi no me custodiaban en el hospital debido al penoso estado de salud. Ni imaginaban que podía escaparme en esas condiciones, si a mí hasta me daban la comida en la boca porque no podía levantar un tenedor. Ni yo pensaba en irme, pero cuando empeoró todo pensé en que tengo un derecho a la vida que nadie me puede quitar y por eso decidí lu-char. Si continúo acá me voy a morir, nadie sabrá siquiera por qué me morí. Si soy culpable o no. Ni mis hijos.
P.: ¿Tan bloqueadas estaban las expectativas para salir legalmente, al margen de que sigue siendo cinematográfica la explicación de la fuga?
P.: De lo que dice, ¿usted se podría presentar a la Justicia argentina?
F.T.: No tenga dudas. Si tuviese un magistrado imparcial, quiero «estar a Derecho». Pero no es lo que ocurre ahora, aunque no creo en ninguna persecución personal de la jueza porque ni la conozco, salvo a su marido a quien vi en un par de oportunidades en La Plata, un hombre correcto. Pero reconozco que ahora padezco una persecución desmedida, creo que merezco ser escuchado.
P.: ¿Cuál es su futuro personal, judicial, se supone que no va a estar evadido toda la vida?
F.T.: Mis abogados ahora trabajan para hacer más razonable la situación legal.
P.: Bueno, uno escucha lo de la «persecución», pero está claro que el banco explotó, se afectó a ahorristas, hubo dolo en la fabricación de carpetas truchas -nada menos que 20 mil legajos-, imputaciones por el manejo en la compra de títulos públicos y hasta operaciones dudosas del off-shore. Hasta sus hermanos fueron detenidos por este fraude.
F.T.: Yo ya pasé 16 meses preso en Brasil por parte de todo esto, por participar en el banco ocupándome sólo de las relaciones internacionales. Fui vicepresidente segundo, yo era un empresario que tenía acciones en el banco -el mayor de la minoría-como en otros lados, nunca tuve responsabilidad operativa.
P.: Antes de ingresar a este capítulo, pare-ce que la estrategia elegida por sus abogados no fue la más correcta. Finalmente, su hermano estuvo mucho menos tiempo detenido.
F.T.: Hice lo que en su momento me aconsejaron algunos abogados y yo, además, en ese momento sentía un dolor especial porque el director general del banco era mi hermano. También estaba afectado por las acusaciones sobre mi relación con la Iglesia. No quería ir a declarar donde debía imputar tal vez a familiares o grandes amigos. Quise evitar eso. Estaba entonces el consejo de mis abogados, pero también mi propia situación personal.
P.: Eso parece que cambió ya que las relaciones familiares por lo menos se han descompuesto.
F.T.: Sí, en ese plano familiar todo cambió mucho. Pero, volviendo a lo anterior, convengamos que la propia Justicia fue demostrando que mi participación en el banco era casi cero, no era administrador en nada, vivía en los últimos tiempos casi en Italia. Aún así, debo decirle -así me atestiguan los abogados-que en los hechos más escandalosos como el de las carpetas falsas, no fueron utilizados para retirar utilidades sino para ocultar pérdidas y tratar de sobrevivir. No fue correcto, claro, pero lo decidieron quienes hacían los balances. Yo jamás firmé un balance. Las pérdidas...
P.: ¿Cuál era el origen de esas pérdidas?
F.T.: Al margen de ciertos problemas, éstos se agravaron desde que el banco fue llevado a incorporar otras entidades por parte del Banco Central que estaban con créditos políticos que era necesario absorber. No estaba el banco en condiciones técnicas ni económicas para ese esfuerzo. Así fue lo del Tandil, Junín y después el Baires.
P.: ¿Usted imputa al Central de su propio desastre?
F.T.: El Central tenía que saber cómo estaba el banco. Al menos, tenía que saber más que yo porque había inspecciones periódicas. Yo veía los balances, las inspecciones del Central, todo estaba bien y entonces como accionista me sentía tranquilo. Yo nunca participé además en el comité de crédito, esto está probado en la causa. Lo que sucedió es que como era el único que estaba afuera, terminé siendo el chivo expiatorio. Pero se sabe que ni intelectual ni físicamente participé en la administración del banco. Voy a asumir lo que me corresponde económicamente como director, nada más.
P.: Vamos al saldo final de lo que ocurrió con el banco, el que por otra parte se ha cerrado sin complicaciones la semana pasada.
F.T.: Cuando comenzaron las dificultades, estaba en el exterior. Me avisan y me dicen que se trataba de un monto inferior al que luego fue. Volví a dar la cara y a asumir lo que pudiera. Por entonces, también llovieron en los medios cualquier tipo de acusación, de que lavábamos dinero, de que le robaba dinero a la Iglesia, de que falsificaba la firma de cardenales. Toda una mentira que el tiempo y la Justicia demostraron. Del banco nadie se llevó dinero ni tampoco se repartieron utilidades.
Acuerdo
P.:¿De cuánto era el problema inicial cuando usted volvió al país?
F.T.: Se hablaba de 60 millones y de otros problemas. Entraron los abogados en el tema y yo me presenté en el Central. Dije: estos son mis bienes, mis participaciones accionarias y estoy dispuesto a cederlas. Si hasta se involucró a Luciano Fioroni, un italiano extraordinario que fue afectado y al cual quisiera encontrar para darle las explicaciones del caso. Dije entonces: entrego todo esto a cambio de sanear el banco, el doctor Pedro Pou aceptó y así cedí Carta Credencial, el shopping, inmuebles, etc. Se firmó un acuerdo por el cual se resolvieron los problemas del banco, hasta el Central sacó la información de que estaba zanjada la dificultad con el aporte de capital. Al mismo tiempo y aunque no lo pudiera creer el doctor Pou, se hizo entrar al banco una obligación subordinada por valor de 50 millones de dólares tan cierta que luego se quedaron como accionistas.
Pero el acuerdo finalmente no se hizo, al banco lo siguieron atacando y los ahorristas se iban en masa. Hubo problemas en esos días, pero luego se comprobó que el banco disponía del capital: se le pagó a los 50 mil ahorristas con intereses incluidos, no hay ninguno que hoy pueda decir que es acreedor del banco. Todos cobraron.
P.: ¿Ha habido gente «colgada», sin embargo?
F.T.: Es el problema de la gente off-shore, quienes no voy a decir que existan o no, los abogados están con ese tema.
P.: ¿Ustedes tenían una off shore?
F.T.: Se había constituido un banco en el exterior, al igual que otras entidades, y se captaban fondos principalmente en La Plata. Era gente que no quería depositar su plata en el país. Creo que mucha de esa gente, si el dine-ro es transparente, no puede alegar su propia torpeza. Es lo que me dicen los abogados. Se conversará todo lo de aquellos que el banco les daba seguridades. Pero no creo que por esto yo deba pasar 16 meses en prisión y ahora vivir como un fugado. No debieron haber ido presos ni siquiera los otros directores por algo que no está probado.
P.: Al margen de la buena o mala fe de un banco en este tipo de operaciones que podríamos discutir en otro momento, también queda lo de la firma falsificada a monseñor Antonio Quarracino.
F.T.: Mire, en los tribunales correspondientes, se ha probado que ni yo ni nadie del directorio falsificó ninguna firma.
P.: ¿Pero Quarracino negó que él hubiera firmado un documento por 10 millones de dólares?
F.T.: Los jueces saben quién firmó, yo no lo voy a decir. Sobre eso ya no se habla más, por algo será. Hasta se hizo un acuerdo entre el Episcopado y la firma que había entregado en préstamo esos 10 millones de dólares. Por Quarracino yo tenía un afecto especial, un afecto muy fuerte, jamás podía haber hecho su firma. Tampoco lo hubiera hecho por nadie, claro. Pero yo ni siquiera estaba en el país cuando se hizo esa operación.
P.: Usted, para entonces, ¿era el primer argentino y uno de los pocos laicos en ser consejero económico de la Santa Sede?
F.T.: Sí, renuncié, pero mejor ... si hasta he aceptado la jurisdicción de El Vaticano por al gunos movimientos de dinero. Por favor. Yo di todas las explicaciones que correspondía. Y puedo volverlas a dar si fuera necesario. P.: ¿El Episcopado reconoció haber resuelto todo con la sociedad acreedora?
F.T.: Sí, es lo que me dicen, hasta las dos partes suspendieron sus querellas.
P.: ¿Y los 10 millones de dólares?
F.T.: Los que firmaron sabrán dónde están.
P.: Por aquel momento, ¿usted tuvo una triple quiebra? Se divorció, se distanció brutalmente con su familia y se disolvió el banco?
F.T.: El divorcio era previo, en cuanto a mis peleas y enfrentamientos con mi hermano ya eran famosos antes de que explotara lo del Banco.
P.: ¿Y con su padre?, porque él alguna vez habló a su favor y otras casi negándolo.
F.T.: Es mi padre, lo quiero como tal, imagino lo dolido que se siente, pienso que a los 77 años le deben pasar muchas cosas por la cabeza. Más cuando tiene dos hijos enfrentados y que actúan en forma diferente.
P.: ¿Su otro hermano no está en la película?
F.T.: No, él era abogado y, además, fue injustamente tratado y hasta detenido cuando él nunca rehuyó ninguna citación. Cosas de la Justicia o, más exactamente, de algunos jueces. Fue un espectáculo denigrante, por eso creo que hay algo o alguien que quiere continuar en esta novela tortuosa. Acá ya está demostrado quién tenía responsabilidad o no en los hechos.
P.: Estábamos en que explotó su casa, la familia paterna, el banco, pero ¿qué pasó con la Iglesia?
F.T.: Hubo momentos difíciles, como el enfrentamiento con monseñor Toledo (hoy a cargo de la arquidiócesis de Avellaneda), pero creo que ya fueron zanjados. Por entonces, yo hablaba con el cardenal Quarracino y él me aconsejaba que no asumiera lo que no me correspondía.
P.: Me refería a la Iglesia..., a la jerarquía vaticana.
F.T.: Yo soy parte de la Iglesia, me reconozco católico práctico.
P.: No me eluda, porque se decía que el Banco era de la Iglesia.
F.T.: No, no es así. Había una relación con el Cardenal, era amigo de mi padre, para mí mismo fue como un padre. Con el Vaticano, yo ya trabajaba antes, era un privado que trabajaba con otro Estado. Creo que mi trabajo fue bueno, transparente y mantuve las relaciones de amistad.
P.: Pero el trato de su banco con la Iglesia era distinto al que mantenían otras entidades financieras. Casi todo el clero, por ejemplo, disponía de una tarjeta de Carta Credencial.
F.T.: Yo traté de ayudar siempre dentro de mis posibilidades. Esa era la relación, nada más.
P.: Casi como una imputación, el propio Quarracino declaró que a veces usted ayudaba en exceso.
F.T.: Yo no creo haber dado demasiado, di lo que consideraba que podía dar. Y colaboré desde mis empresas que ganaban dinero. Me parecía lo correcto y a Quarracino lo ayudaba más porque, le insisto, para mí era un padre.
Soledad
P.: Cuando estuvo preso, ¿tenía asistencia espiritual, lo visitaban los sacerdotes?
F.T.: Poco. En verdad, me sostuve con mi propia asistencia. Estaba en tan mala situación que cualquier estímulo externo me traía recuerdos, de ahí que prefería no ver a nadie. Debe haber sido un error, pero entonces las charlas me debilitaban más. Estuve por momentos en una soledad absoluta.
P.: ¿Cuesta creer que alguien, en soledad absoluta, pueda armar su fuga, trasladarse, moverse, vivir en la clandestinidad. Si debía ser cara la cárcel, también debe ser caro vivir como un clandestino. O más. Para estar o salir de Brasil, para conceder este reportaje con un riesgo me imagino calculado?
F.T.: Siempre me gustó mostrarme más fuerte de lo que era, autosuficiente, protector. Aún hoy trato de mostrarme positivo a pesar de todo lo que sufrí. Pasé momentos difíciles en la cárcel, de soledad, pero yo en Brasil había tenido actuación empresaria, amigos de muchos años. Aún me quedan. Pero me quedaba mal cuando me visitaban, inclusive no sé si mi deterioro físico fue a causa de mi deterioro emocional o viceversa. Ahora, inclusive, hasta puede parecer que estoy mejor de lo que realmente estoy.
P.: No me contesta la pregunta. Pero, volvamos a los amigos, de la Argentina por ejemplo. Usted estaba bien relacionado con el gobierno anterior, con Gustavo Béliz, con hombres que ahora son gobierno. Era influyente, claro, ahora ¿qué pasó con todos ellos?
F.T.: Me escapé de la cárcel, pero no me quiero escapar de sus preguntas. Sí, tengo amigos y la clandestinidad es muy cara. En cuanto a los que usted menciona, quizás tuvieron algún gesto los que menos esperaba y, algunos de los que más esperaba, desaparecieron. aparien-P.: Parece inútil que le pida nombres, usted parece atado a un código carcelario.
F.T.: No es así. Uno aprende que es mejor perdonar y no guardar rencores. Caso contrario, se pasa la vida odiando. Además, si le agradezco a alguien en particular, quizás lo daño y si, por el contrario, me quejo de alguien, tal vez lo beneficie. Mejor olvidar.
Equilibrio
P.: Usted habla con un grado de equilibrio sobre su padre, no sobre su hermano.
F.T.: Se equivoca. No tengo rabia con mi hermano. Le deseo lo mejor. Pero su responsabilidad en el banco fue más concreta que la mía. Yo no firmé balances, no me gusta firmar lo que no veo, aunque tal vez lo haya hecho. Pero nunca balances.
P.: Uno lo escucha y parece Valdivieso.
F.T.: ¿Valdivieso?, ¿quién es Valdivieso?
P.: Era una metáfora apelando a la Iglesia, hablaba como si usted fuera Héctor Valdivieso, el primer santo argentino.
F.T.: No me considero un santo, cometí muchos errores. Siempre traté de que mis empresas crecieran y, para el banco, busqué un socio internacional porque en el sistema no había un lugar para un grupo pequeño como el nuestro. Debí haber controlado más mi responsabilidad como director, es cierto, pero siempre fui más empresario que banquero. Además, cada vez que traía a un inversor extranjero, lo llevaba al Banco Central y allí le explicaban que todo estaba bien ¿Cómo iba a desconfiar?
P.: Se habló de un fraude de 300 millones, pero ¿cuántos fueron en realidad?
F.T.: Fueron menos de 100 y se compensaron largamente con los aportes. Todos cobraron.
P.: Menos los del off-shore, ¿esos cuántos millones son?
F.T.: Mis abogados dicen que entre 20 y 25 millones.
P.: Hubo un comunicado del Opus Dei cuando explotó la crisis, ¿cuál era la relación con la «Obra»?
F.T.: ¿El Opus sacó un comunicado?
P.: Si, desligándose de cualquier responsabilidad, sosteniendo que las acciones individuales de sus adherentes no implicaban responsabilidad del Opus.
F.T.: Comparto totalmente ese criterio. Es lógico. Mi hermano Pablo forma parte del Opus Dei, yo no. Eso no quiere decir que esté en contra ni nada parecido, al contrario tengo muchos amigos en esa institución.
P.: También, en su momento, habló críticamente monseñor Rey, de Caritas. Era como si lo hubieran estafado.
F.T.: ¿En qué se le pudo haber hecho daño a Caritas? No entiendo. Si Caritas tenía dinero en el banco, ya lo habrá cobrado con sus intereses respectivos. Igual que el resto de los ahorristas. En cuanto a mi hermano, que era director de Caritas, recuerdo que hizo muchas donaciones a esa institución. Yo también, al igual que Carta Credencial y Buenos Aires Design. Nunca utilizamos a Caritas para nada, se ha dicho de algunas empresas, pero jamás de nosotros. Nada que ver.
P.: Usted ha hablado, como muchos prófugos, de persecución. ¿Le reconoce entidad judicial, política o religiosa?
F.T.: Más bien me pregunto y no porque me compare con otros banqueros que quebraron en forma más insolvente y no tienen problemas. No lo sé, pero ¿para qué hablar de esto?
P.: ¿Por ahora?
F.T.: Tal vez.


