8 de febrero 2002 - 00:00

Hoy se podría dolarizar a $ 1,47

Ala luz de los acontecimientos, el gobierno debería ir asumiendo que su intrépido proyecto de rehabilitar una moneda fiduciaria argentina, el que podría haber corrido con buena suerte, ha sido rechazado por la ciudadanía. No abrir los mercados para no constatar esta realidad es pueril. Después de todo, se ha dado el escenario que contaba con mayores probabilidades de ocurrencia y eso no puede sorprender a nadie. Cuanto antes se reconozca esta evidencia, menos daño se hará a la economía. Pero dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ¿Será la Argentina el único país que se lanza dos veces al abismo de la hiperinflación?

El debate entre dolarizadores y pesificadores se encendió más que nunca
. Pero antes de discutir cuestiones monetarias, hay una previa que no debería soslayarse. Si a consecuencia de una devaluación exagerada, producto de cualquier objetivo monetario por más bienintencionado que sea, se licuan los ahorros de la ciudadanía, se están violando los derechos de propiedad a niveles que hacen injustificables los objetivos políticos del Estado. Este espíritu, que afortunadamente prevaleció en la reciente sentencia de la Corte Suprema de Justicia, no puede pasarse por alto sin repudiar el estado de derecho.

Ahora bien, ¿en qué enfatizan los pesificadores, que hoy dirigen los destinos de la Argentina? En la convicción de que todo país debe tener su propia moneda, pues ella es uno de los pilares de su autonomía económica. Para entender el mérito de hacer política monetaria debe entenderse cuál es el mecanismo por el cual resulta efectiva.

Predisposición

La política monetaria ideal es aquella que genera un nivel bajo y relativamente constante de inflación: digamos, 2% a 3% anual. ¿Para qué sirve la inflación? Se sabe que la gente tiene una mayor predisposición a aumentar que a reducir los precios de los bienes o servicios que cada uno de ellos vende. Los indispensables ajustes de precios relativos dentro de una economía, derivados de variaciones de productividad, se hacen más sencillos y rápidos con inflación. Esta convierte las necesarias reducciones de algunos precios por cuestiones de competitividad, difíciles de aceptar para quienes deben asumirlas (pensemos en los antipáticos recortes de salarios, por ejemplo) en simples congelamientos de precios nominales, los que van siendo reducidos en términos reales por la inflación general. Al exterior de la economía, ese ajuste se realiza por la flotación de la moneda respecto del resto de las divisas.

En síntesis, la política monetaria es una suerte de engaño generalizado, destinado a quienes deben bajar sus precios, con fines beneficiosos para el conjunto de la economía. Las autoridades monetarias implementan sus políticas en busca de cierto nivel positivo de inflación y no de un nivel nulo, no por error de cálculo de los presidentes de los bancos centrales sino para que los agentes de sus países resulten levemente engañados. Ahora bien, para que esto verdaderamente funcione, la gente debe ser efectivamente engañada y ello requiere que el monto de sus pérdidas sea razonable. De otro modo, lo único que producirá la inflación será una huida de la moneda, pues ella será percibida como fuente de engaño y pérdida de valor económico.

Esto último es lo que sucede en la Argentina desde 1989, tras décadas de un abuso inédito del engaño monetario, por el cual, en lugar de buscar un ajuste suave de la economía, se perseguía el financiamiento espurio de gran parte del gasto público. Así se perdieron varios signos monetarios y unos cuantos ceros en su cotización. Lejos de una mentira piadosa, la conducta monetaria argentina ha sido una alevosa y multimillonaria estafa. ¿Habrá cambiado esto y estaremos ya en condiciones de volver a tener una moneda fiduciaria sana?

Disparador

A la luz de lo ocurrido durante enero que ha concluido la respuesta parece dar la razón a quienes insisten con el modelo previo de tipo de cambio fijo. Sólo basta mirar los números del mes que transcurrió para notar dónde está la causa que disparará inexorablemente los precios. La emisión de enero fue de $ 2.507 millones, los cuales quedaron íntegramente dentro del BCRA en la forma de depósitos de las entidades financieras. El circulante en poder del público y los bancos se mantuvo en exactamente la misma cifra que al cierre del mes pasado: $ 10.960 millones. Si bien aquella nueva emisión está lista para salir a la calle en cuanto se liberen las cuentas sueldo, aún no lo ha hecho y no ha impactado en los precios de los bienes. Puede suponerse (aunque no hay datos fehacientes) que sí ha aumentado, en cambio, la circulación de cuasimoneda provincial y nacional. De todos modos, ese monto no debería superar el equivalente de hasta $ 500 millones.

Ahora bien, si el circulante en pesos se ha mantenido y la cuasimoneda ha aumentado levemente, la circulación de todo tipo de moneda habría pasado aproximadamente de $ 13.000 a $ 13.500 millones.
Las reservas en dólares, que podrían estar alimentando expectativas contrarias al peso, sólo cayeron u$s 807 millones en enero. De hecho, el BCRA está en condiciones hoy de convertir todo el circulante (pesos más cuasimoneda nacional y provincial) a un tipo de cambio de $ 1,47 por dólar, mucho menos que los $ 2,10 del mercado del viernes. Pero ha dicho que no quiere hacerlo, pues debería volver a atarse a un tipo de cambio fijo.

La pregunta es, entonces, ¿por qué el dólar subió en enero de $ 1,00 a $ 2,10? La respuesta es simple y directa.
La demanda real de dinero (medida en dólares) cayó de los u$s 13.000 millones de fin de año (todavía con el 1 a 1) a sólo u$s 6.430 millones a fin de enero. Este número surge de dividir el total de circulante en pesos a fin de enero ($ 13.500 millones) por el valor del dólar de esa fecha ($ 2,10). Los argentinos se las arreglan hoy con una cantidad de dinero por el equivalente a poco más de u$s 6.000 millones; no quieren tener ni un peso más. Y eso no termina allí. Que esa demanda ya se haya reducido 49% en 30 días indica a qué velocidad seguirá avanzando el dólar.

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