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28 de junio 2021 - 00:00

La inflación en EE.UU., o la estabilidad en el ojo del huracán

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Gentileza: Notimérica

¿Qué pasa con la inflación en EE.UU.? ¿Cortó amarras definitivamente? El deflactor del gasto de consumo personal, la mejor medición de la inflación relevante según la Fed, estiró en mayo su variación interanual a 3,9% (la versión núcleo, 3,4%). “La inflación más alta de los últimos 30 años” como tituló un portal sin pelos en la lengua. Sobran testimonios. Los precios al consumidor treparon 5%; los mayoristas, 6,6%; los de importación, 11,3%; y los de exportación, 17,4% (como nunca desde que se computan, en 1983). La lectura más moderada casi duplica la meta oficial de 2%.

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¿Quién puede negar el filo de las subas de precios? Más si se escarba en los pliegues donde suelen alojarse las bombas de tiempo, las que recién detonarán en las primeras planas (eventualmente) en un futuro mediato. Los precios mayoristas de los bienes procesados para demanda intermedia (aquellos que están a un paso de concluir el ciclo de producción) se catapultaron 21,6%. Conviene establecer un contrapunto aquí. Estos bienes cayeron de precio hasta noviembre. No todos los vértigos, pues, encierran presagios turbulentos. Sin embargo, ¿no convendría hacer algo? Si es por la Fed, una minoría de siete voces propone subir las tasas cortas el año que viene. Para los bonos, así está bien. Las tasas largas, por las suyas, bajaron un cuarto de punto desde marzo.

¿Sorpresa por el huracán de los precios? Se intuía cuando se prendió el ventilador. Y ya se cumplieron tres meses desde que el megapaquete fiscal del presidente Biden es ley. Los cheques de 1.400 dólares se firmaron a partir del 17 de marzo. Fueron 160 millones de cheques enviados a 85% de los hogares de EE.UU., más de uno por familia. Y el dinero extra se hizo notar rápido: las ventas minoristas explotaron más de 10% en marzo. Nunca se ensayó un experimento igual. La economía dejó la recesión atrás pero se la estimula con un formidable paquete fiscal procíclico. La vacunación masiva opera como un simultáneo shock de oferta para arrinconar al covid. Y la Fed participa por acción –no ceja en la compra de bonos– y, sobre todo, por omisión. ¿Qué podía salir mal? La inflación irse a las nubes.

Larry Summers la ve cerrar 2021 muy cerca de 5%. Un nivel inaceptable, el jefe del banco central, Jay Powell dixit. Pero la entidad consiente 3,4% en sus flamantes proyecciones. Y es un remanso escuchar a Powell en el Congreso, no un día sino dos consecutivos, en su alegato de que no hay motivos de alarma. El vendaval de precios es inflación temporaria, dice “muy convencido”. Promete que la Fed no va a prevenir pero sí curar (de ser necesario). Aguardará a que asome la inflación real (sic) y ahí sí gatillará la suba de tasas. No es lo que describen las proyecciones: las tasas se izan allí con una inflación que se calma sola, cuando se arrima a 2%. Así es la Fed aggiornada: un Anti-Quijote que no arremeterá contra los molinos de viento (a menos que descarrilen las expectativas de inflación).

¿Y qué harán los vigilantes más obcecados de la estabilidad? Nada. Ningún bono pierde el sueño por la inflación (ni los que exponen su capital indefenso a 30 años). Tampoco los desvela el recalentamiento de la economía: la curva entera de bonos indexados cotiza a rendimientos reales negativos. ¿Cómo se explica la serenidad de esa extraña pareja –la Fed y los bonos– en pleno temporal? En principio, los une la data y no el espanto. Ya se dijo: “la inflación promedio se disparó en todas las mediciones, y sin embargo la inflación mediana no se movió en ninguna”. Y se confirma con cada nueva información. El deflactor –al que le cambian mes a mes la cesta de consumo– respetó el principio a rajatabla. Subió 2% los últimos doce meses a marzo, abril y mayo. Su velocidad de crucero no varía tampoco: 0,2% mensual.

No denota signos de contagio. Es más: la mediana está en el piso de la última década, su techo fue un ritmo anual de 2,6% allá por abril de 2019. Un régimen monetario creíble es el principal dique de contención ante los desbordes individuales. El sistema de precios es flexible, no está ceñido por controles. Los precios relativos se alteran de manera drástica en una economía que a la par se quita el covid de encima, recibe anabólicos y crece de prisa. El proceso de reacomodamiento sigue su curso, la inflación subyacente se preserva estable, y la Fed sólo presiona a través de la comunicación. Su obsesión, y guía, son las expectativas y allí reina la estabilidad. Wall Street, otra vez en récords, no tiene queja.

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