20 de septiembre 2001 - 00:00

Jubilaciones: no volver al pasado

La evolución observada en los últimos 25 años en la Argentina debería alertar sobre el efecto devastador que podría tener la ruptura de la regla monetaria sobre los que perciben ingresos fijos, como es el caso de jubilados y pensionados. No hay que tener demasiada imaginación para evaluar los resultados que tendrían las populares propuestas de «romper el modelo» y deshacer las reformas de los '90, en cualquiera de sus diversas formas (default más devaluación y confiscación de depósitos, plan Fénix, etc.). Le propongo al lector un breve paseo por el infierno de nuestro propio pasado, repasando un par de cuestiones: la volatilidad de las pensiones en el pasado y su nivel real. Quedan muchos otros aspectos (como la dispersión de los haberes, los incentivos, etc.) que reforzarían nuestra argumentación.

Jubilaciones volátiles. La primera característica que se observa en relación con las jubilaciones y pensiones en las décadas del '70 y del '80 es la pronunciada volatilidad de los haberes. El jubilado nunca sabía bien cuánto cobraría, en términos de un poder de compra constante. Entre un mes y el siguiente podía en efecto encontrar fuertes oscilaciones en el poder de compra de su jubilación o pensión, producto de la combinación de un mal sistema jubilatorio (el sistema de reparto, en el que se paga según la caja) con un pronunciado desorden monetario y fiscal (es decir, alta inflación). La ilusión fiscal hacía que se otorgaran fuertes incrementos de haberes durante un mes, que luego no podían sostenerse, y se terminaba con un haber real mucho más bajo. El jubilado sabía que una promesa de aumento de haberes era un pasaporte seguro a una caída en su jubilación real.

Este comportamiento esquizofrénico (prometer aumentos que se transformaban en caídas de haberes) no fue patrimonio de un único partido político (incluyendo el partido «militar»). Hubo, sin embargo, dos ejemplos de in-usual torpeza en materia de política de jubilaciones y pensiones. El gobierno peronista de comienzos de los '70 decidió por un lado a media-dos del '75 duplicar los haberes nominales de los jubilados. El poder de compra de las jubilaciones creció en julio de 1975 casi 50% respecto de cuatro meses atrás, pero el efecto duró poco: tres meses después los haberes estaban en el nivel anterior, y al cabo de otros tres meses caían otro 30% en términos reales. En los hechos, la mejora real casi no se pudo disfrutar, ya que el primer aumento (de salarios y jubilaciones) se pagó con importantes retrasos, y cuando se cobró, el valor real se había deteriorado sustancialmente.

• Repeticiones

Durante el gobierno militar de la segunda mitad de los '70 las oscilaciones también fueron importantes, y volvieron a repetirse en la década del '80 en la gestión radical. La administración de Alfonsín intentó elevar nuevamente en 50% los haberes reales de los jubilados entre media-dos y fines del '88, pero la experiencia terminó aún peor que en la gestión peronista anterior. En junio del '89 el poder de compra de una jubilación era de sólo un cuarto (75% de caída, en términos reales) lo que había sido cuatro meses antes, y menos de la mitad de su nivel un año antes.

La volatilidad de los haberes fue muy elevada hasta comienzos de 1993, es decir hasta que la Convertibilidad logró la estabilización de los precios. La ausencia de inflación en estos últimos 8 años permitió, desde este punto de vista, resolver mucho más efectivamente que cualquier mecanismo de indexación el problema de cómo mantener constante el poder de compra de las jubilaciones y pensiones a lo largo del tiempo.

Caída en los '80, aumento en los '90. La segunda característica que muestra la serie de jubilaciones y pensiones es que mientras los haberes medios en términos reales tuvieron una tendencia declinante en los '80, se observó la tendencia opuesta, franca-mente creciente, desde 1990 hasta la actualidad. Con esta evolución se logró recuperar prácticamente el nivel más alto de jubilaciones de la segunda mitad de la década del '70, y se superó holgadamente cualquier registro de los años '80 (aun los de aquellos meses en que se otorgaban fuertes incrementos, y no se podían sostener en el período subsiguiente).

El aumento de las jubilaciones en términos reales en la última década fue producto de varios factores. En primer lugar, la reforma previsional estuvo precedida de diversos aumentos de haberes a mediados del '91 y del '92, que procuraban regularizar la situación de los jubilados respecto de las leyes vigentes. Por esa vía se procuraba también lograr el apoyo político de los jubilados a la reforma del sistema. En segundo lugar, la estabilización de la economía favoreció un blanqueo de remuneraciones y por lo tanto las nuevas jubilaciones tendieron a ser más altas que las viejas. Con el mero paso del tiempo se van reemplazando «viejos» jubilados y pensionados por otros cuyo haber promedio nominal es mayor, por la estabilidad y por el cambio de sistema (que establece una mejor asociación entre aportes e ingresos). En el mismo sentido operó la incorporación de jubilados de cajas provinciales, con haberes más altos que el promedio. Estos dos factores juegan sin embargo un papel cada vez menos relevante hacia el futuro, en la medida en que se prevé un escenario de deflación salarial por algún tiempo y no se espera el ingreso de nuevas cajas provinciales.

Por ambas razones, es decir por aumento de la jubilación media y por la estabilidad de su valor real, debería esperarse una sólida defensa del sistema monetario actual y del régimen de previsión por parte de los líderes políticos. En todo caso podrían esperarse sugerencias para mejorar el sistema, pero nunca volver al pasado. Este último sin embargo sería el resultado de devaluar y revertir la reforma de la previsión de los años '90, que llevaría a un deterioro de la situación de los futuros jubilados, y además empeoraría la de los actuales jubilados. Quienes promueven salir de la convertibilidad «olvidan» en efecto la inestabilidad de salarios y jubilaciones de los años '70 y '80. Sólo se podría evitar ese resultado con un régimen monetario y fiscal extremadamente más duro que la propia convertibilidad. ¿Es esa la propuesta? Por lo demás, quienes favorecen el sistema de previsión de reparto por sobre el de capitalización (como los Diputados de la Comisión de Previsión del Congreso) parecen olvidar que el viejo sistema -tarde o temprano-lleva a la quiebra por insolvencia. En suma, perjudicarían a los jubilados actuales y, desde ya, a los futuros. En este sentido el «consenso» de los políticos por definir un nuevo modelo económico no parece ser una buena noticia para la población.


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