Lejos quedó aquello -invocado por los más fantasiosos- que la suba del precio del petróleo era causada por el crecimiento de la economía china. Si algo logró (el huracán) Katrina es poner en blanco y negro el principal problema que enfrentan hoy los consumidores de todo el mundo: el elevadísimo gasto energético de los norteamericanos y la inadecuada capacidad generadora de combustibles que tienen. Poco puede sorprender, entonces, que al abatirse sobre la costa del golfo se debieran cerrar los principales puertos, pozos y refinerías petroleras del país (del consumo norteamericano, un cuarto -un millón y medio de barriles diarios- se genera en el golfo) y viendo que el mercado londinense estaba cerrado por un feriado, el crudo saliera disparado -brevemente- a u$s 70,80 por barril en el mercado asiático. Al iniciarse las operaciones en el NYMEX, las cosas ya estaban mucho más calmadas (el máximo fue de u$s 67,81) y luego de confirmarse que el gobierno abrirá la canilla de los 700 millones de barriles que tiene en reserva, el crudo cayó a u$s 66,3, repuntando hacia el cierre para quedar en u$s 67,2 por barril. Haciendo caso omiso a estos vaivenes y apuntalándose en la idea de los beneficios que traerá la reconstrucción tras el huracán, Home Depot lideró una suba de 0,63% que llevó al Promedio Industrial a cerrar en 10.463,05 puntos.
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Es cierto que las aseguradoras tuvieron un mal día, pero finalmente los daños parecen ser mucho menores que los esperados (se calcula que el desastre costaría entre u$s 15.000 y u$s 30.000 millones).
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