28 de septiembre 2001 - 00:00

La Argentina-Brasil: un mercado común utópico

Las relaciones comerciales entre Brasil y la Argentina parecen haber entrado nuevamente en conflicto. El motivo fundamental es la continua depreciación del real brasileño y su potencial impacto sobre el comercio exterior argentino.

Desde nuestro país se acusa a los vecinos de estar devaluando a propósito y ellos se defienden diciendo que «el tipo de cambio es flotante y, si hay inflación, debe ajustarse». Puede ser que ninguno tenga razón.

Lo primero que hay que entender es que una moneda es un bien como cualquier otro. Tiene una oferta y una demanda. El oferente es uno solo (monopolista) y se llama Banco Central. La demanda está dada por la utilidad que le encuentra la gente como medio de pago, reserva de valor (para atesorar conservando el poder adquisitivo en el tiempo) y unidad de cuenta (para medir el valor de los demás bienes y servicios, incluidas las otras monedas).

El Banco Central puede decidir fijar el valor de moneda que hay en el mercado y dejar que la demanda decida cuánto demandará (tipo de cambio fijo). O puede determinar la cantidad ofertada y la gente definirá cuánto vale esa moneda (tipo de cambio flotante). En Brasil, se optó por esta última alternativa.

La forma de fijar la cantidad es determinando una tasa de referencia (SELIC) para los créditos entre entidades financieras. Si los rendimientos interbancarios suben por encima de ésta, el Banco Central les provee liquidez hasta que bajan. Si se ubican por debajo, restringe la liquidez para que suban.

Inflación

La razón por la que el real está perdiendo valor respecto del dólar es simplemente porque hay más cantidad de reales que los que la gente demanda. Al ser la unidad de cuenta brasileña, todo (bienes y servicios, incluso otras monedas) lo que se mida con respecto a ese «metro» que se achica aumentará su precio y eso es inflación. Por lo tanto, la inflación no justifica la suba del tipo de cambio, como dicen los industriales brasileños, sino que es la consecuencia de un mismo problema: la depreciación del patrón de medida. Al contrario, la suba del dólar precede a la del índice general de precios, porque el mercado de las monedas es mucho más flexible que el de bienes y servicios reales. Esto implica que, de sostenerse el alza, esto anticipa que la inflación tenderá a subir. Es por ello que muchos empiezan a poner en duda que Brasil pueda cumplir con las metas de suba de precios comprometidas con el FMI.

Uno podría pensar que nuestros vecinos están depreciando su moneda como un acto perverso para inundarnos de sus productos y para sustituir lo que ellos nos compran por producción local. Sin embargo, esta afirmación puede no ser necesariamente cierta.

Desde finales de 2000, Brasil viene lidiando con una Argentina al borde de la cesación de pagos y el riesgo de verse arrastrado en la caída. Esa incertidumbre disminuyó el interés por invertir en activos brasileños. Luego, enfrentó problemas políticos propios y los inconvenientes de la crisis energética, profundizándose la caída de confianza en el futuro del país. Por lo tanto, la merma del ingreso de capitales tendió a disminuir la oferta de crédito local, presionando a la suba de tasas internas. Si ante esta situación el Banco Central no subía sus rendimientos de referencia, hubiera empezado a emitir moneda para alimentar la deficiencia de financiamiento interno. El problema es que, al mismo tiempo, la mayor incertidumbre significa menos demanda de reales, por lo que éste tenderá a depreciarse y lo que primero se observará es una suba de las monedas extranjeras.

Sin embargo, el Banco Central brasileño ha subido la tasa de referencia de 15,25% a 19,00% nominal anual entre marzo y julio de este año para contener la depreciación de su moneda. Lo breve de sus éxitos en lograrlo tiene que ver con una percepción creciente de riesgo y con la cautela a la hora de aumentar el costo del financiamiento y restringirlo. Es evidente que existe una gran preocupación por el impacto que tendrán sobre su economía todos los factores desfavorables mencionados que afectan a Brasil. Debe tenerse en cuenta que a finales del año pasado se pensaba que este año la economía crecería 4,0% y hoy no se espera más de 1,8 por ciento.

Es evidente que el Banco Central apuesta a que en algún momento «las aguas se tranquilicen» y que las actuales tasas contraigan la oferta excedente de reales, revalorizándolos. Sin embargo, la suerte no les juega a favor, ya que la crisis de incertidumbre internacional que desató el atentado masivo a los EE.UU. tiene como principal impacto el de disminuir los flujos de capitales internacionales y el crédito mundial disponible. Por ello, los inversores se preocupan por los efectos que esto pueda tener sobre un país altamente endeudado. Resultado, menos demanda de reales y, si el Banco Central no sube sus tasas, mayor oferta de moneda para proveer la escasez de financiamiento interno, lo cual implica una nueva depreciación del real.

Como bien dice el ministro de Economía argentino, la depreciación del real significa una estafa a los tenedores de activos en moneda local y una rebaja encubierta de salarios y jubilaciones. Sin embargo, las autoridades del Brasil se encuentran con que la alternativa es restringir el crédito subiendo las tasas y llevando el país a un menor nivel de actividad, cuando en 2002 enfrentarán elecciones presidenciales. Si esto es o no es un justificativo suficiente para la actitud brasileña queda para otra discusión.

Lo que sí se confirma es que la Argentina y Brasil no comparten la misma filosofía respecto del manejo de sus respectivas economías. Por lo tanto, haber pretendido implementar un mercado común entre ambos en estas condiciones no fue la mejor idea. De hecho, nunca logramos dejar la etapa de una integración imperfecta y, en la medida en que no haya mayor homogeneidad de criterios, será difícil que lo logremos. Esto no quiere decir que debamos deshacer el proceso de integración. Si no podemos avanzar a un verdadero mercado común, lo mejor es ir a un tratado de libre comercio. Este tiene los beneficios de la ampliación del mercado para ambos países, pero no implica la necesidad de compartir políticas económicas homogéneas.

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