Le costará a José Luis Machinea un rato largo salir de la galería de los réprobos de Fernando de la Rúa. El Presidente dedicó los apartes con íntimos del fin de semana a quejarse de que el ex ministro precipitó el viernes la renuncia cuando él le había pedido permaneciese en el cargo para permitir una sucesión más ordenada y -como le gusta al Presidente-más lenta y conversada. Aquí, un film de esa decisión: El viernes el ex ministro le pidió una reunión a De la Rúa que transcurrió en la Casa de Gobierno apenas regresó del acto con Jorge Batlle en Colonia del Sacramento. En esa cita Machinea le repitió los mismos argumentos que había escuchado el Presidente el día anterior, después del discurso inaugural en el Congreso, y que le había adelantado el lunes el ministro al grupo íntimo que integran Mario Vicens, Pablo Gerchunoff, Daniel Marx y Miguel Bein. En suma, el rap de Machinea para cortarse la coleta era que los números no venían bien y que convenía irse antes de un incendio. «Prefiero salir ahora -repitió durante toda la semana-, cuando no hemos echado mano de la plata del blindaje, hay financiamiento y no hemos abierto la mano para pagarles a los sindicatos los $ 37 millones y los pagos demorados de obras públicas», había confesado el lunes a ese equipo. Pocas horas antes -el domingo-había existido la charla entre De la Rúa y Domingo Cavallo y Machinea creyó que eso le iba a hacer imposible la vida en adelante. «Además, la situación está para mantener el ajuste y estamos ya de campaña, hay mucha ansiedad», se lamentó. Bein, siempre optimista, le recordó que los números de febrero -anoche repetía lo mismo-«vienen bien, algo hay de recuperación».Machinea no se dejó convencer. No estaba ya para creer nada.
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Por eso la primera reunión de despedida, el jueves, tras el discurso en el Congreso. El Presidente le pidió tiempo y no creyó necesario precipitar las cosas. Hoy Machinea admite que advirtió tibieza ese jueves en el Presidente en los gestos para retenerlo.
Este además le reconoció los contactos con Cavallo, pese a que le negó una reunión de la que todos hablaban y que había revelado como primicia este diario en tapa. Machinea se permitió la audacia de llamar él mismo a Cavallo, quien le confirmó las conversaciones que mantenía con el gobierno. Supo que era sobre el Banco Central y Machinea se resignó al decirle que vería con buenos ojos que reemplazase a Pedro Pou. Los dos coincidieron, sin embargo, en que lo más importante era manejar con prolijidad la situación de Pou en el Central antes de cualquier aventura.
Pidió entonces hora para ver a Alfonsín, en cuya casa de la avenida Santa Fe fue recibido de inmediato en la noche de ese jueves. El ex presidente se encrespó por la mención de Cavallo pero también, siempre ante los ojos de Machinea, no mostró la agresividad anti-«Mingo» de otras oportunidades y se plegó con manso y rápido entusiasmo al cuadro que le presentó el visitante para justificar la renuncia. Se dio cuenta de inmediato que había perdido los apoyos que siempre había tenido. Machinea niega hasta que se haya reunido con Chacho Alvarez, pero sus íntimos reconocen por lo menos dos contactos con el ex vicepresidente antes de ingresar al despacho de De la Rúa para la cita del final del viernes. Fue por la tarde y el Presidente lo recibió junto a su secretario privadísimo y operador discreto todo terreno, Leonardo Aiello. Machinea repitió todo sobre la necesidad de irse y el Presidente todo sobre la necesidad de que le diera tiempo. En ese empate dialéctico se despidieron. Cuando el Presidente llegó a Olivos le pasaron una llamada y Machinea le dijo que acababa de comunicarle a su equipo y a la prensa que había renunciado. De la Rúa montó en cólera y citó a Chrystian Colombo, a Alvarez y a Alfonsín, a quienes atendió en diversos tiempos. El primero adelantó las primeras llamadas a París, adonde estaban Ricardo López Murphy y Jorge de la Rúa, quien reforzó en diálogo personal la oferta al titular de Defensa de suceder a Machinea, aceptada de inmediato. Alvarez le ratificó la necesidad de convocar a Cavallo. Al ex vicepresidente lo han convencido sus amigos de que el mejor camino para el país es salirse de la convertibilidad y que el mejor gerente para una devaluación es el ex ministro de Carlos Menem.
De ese contacto salió reforzada la idea de hablar con Cavallo para asumir en el Banco Central en forma personal o a través de algún delegado como Adolfo Sturzenegger. Alvarez pasó a una sala de espera cuando llegó el otro citado de ese viernes, Alfonsín. El ex presidente acató cualquier contacto con Cavallo si el Presidente lo consideraba necesario y como repudio a ese gesto no aceptó la invitación a quedarse a cenar en Olivos. Alfonsín se fue directamente a una parrilla de Palermo, donde debía animar uno de los quinchos del weekend; Alvarez se perdió por cholulo asistir al cumpleaños de Aníbal Ibarra en un restorán de San Telmo. Los dos sabían que López Murphy había aceptado pero que había perdido el avión y regresaría al país recién ayer. También que la chance de Cavallo al Central era ese día firme; eso alegraba al jefe frepasista y ensombreció al jefe radical.
El sábado amaneció para el gobierno con aroma de quirófano. El Presidente citó a una mesa chica de funcionarios (Colombo, Bullrich, Jorge de la Rúa, Horacio Jaunarena, Storani) a un almuerzo en el cual deslizó sus peores humores sobre la flexibilidad de la lealtad del Frepaso, que quiere cargos pero retacea apoyos. Por la tarde Colombo cumplió junto a Daniel Marx la principal misión: lograr el apoyo de Cavallo a todos los cambios, algo de lo que fue informado el Presidente sobre la noche. Fue a la misma hora cuando De la Rúa charlaba largamente con alguien que puede regresar al elenco oficial en cargo de su querencia, el ingeniero Nicolás Gallo.
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