Sería muy fácil tomar el camino simplista y echarle la culpa a la suba del petróleo -que marcó un nuevo máximo histórico en u$s 67,32 por barril- por la baja accionaria. Fácil, pero al menos en parte errado. El mercado arrancó en baja, masticando los malos números de una caída inesperada en las órdenes de bienes durables. Si bien es cierto que ya desde ese momento el petróleo se movía en suba, cuando a las 10 de la mañana se difundió que la venta de viviendas nuevas superaba todas las marcas históricas (atención a la idea de una burbuja en el sector que el precio promedio cayó 4% frente a julio de 2004), las cosas se dieron vuelta y las acciones comenzaron a ganar terreno. Al darse a conocer media hora más tarde que la evolución de las existencias petroleras en la última semana estaban por encima de las proyecciones, el precio del crudo se derrumbó de u$s 66,37 a u$s 65,3 y los tres principales indicadores bursátiles pasaron a moverse del lado ganador. Poco y nada importó la rápida recuperación del precio de la energía, hacia la una de la tarde cuando el barril amenazaba con romper el récord alcanzado el 12 de este mes, el Dow trepaba 0,37% y el NASDAQ 0,88%. A partir de ahí y hasta los últimos 45 minutos el camino de los papeles de riesgo fue hacia abajo y para cuando sonaba la campana de cierre, el Dow mostraba un retroceso de 0,816% a 10.434,87 puntos. Es cierto que la baja accionaria coincidió con el momento de mayor empinamiento en la suba del petróleo, pero más que la merma en sí, lo que disparó esto fue una cobertura casi frenética de posiciones en descubierto y el vuelco a los bonos del Tesoro cuya tasa cayó a 4,169%.
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