31 de agosto 2006 - 00:00

No habló Lavagna de testaferros, pero igual hubo vacío empresario

Roberto Lavagna ayer en su disertación en Montevideo.
Roberto Lavagna ayer en su disertación en Montevideo.
Si Juan Carlos Blumberg hoy padece una ofensiva oficial para hacerlo retroceder en la convocatoria de la marcha a Plaza de Mayo, al tiempo que se instrumenta un lamentable operativo intimidatorio para quienes desean concurrir, un hombre que estuvo en el gobierno sintió hace 48 horas una presión semejante: Roberto Lavagna. Porque su última disertación en el CICYP, en el Alvear -mismo lugar donde dos veces habló Alberto Fernández- se caracterizó por cierto «vacío institucional» (y personal); se respiraba un clima tan espeso en la reunión que hasta podía cortarse con una daga (expresión de un poeta andaluz fusilado).

Nadie sabe si Julio Werthein recibió sugerencias, pero con algún nerviosismo -y hasta coraje- presentó al ex ministro. A cierta edad, no hay amenazas posibles. Pero buena parte de los habituales asistentes a estos encuentros pegó un faltazo tan estentóreo que, curiosamente, nadie se dedicó a consignar. Tal vez, como excusa, podía alegarse que algunos empresarios le devolvieron a Lavagna el desprecio que él mismo manifestó contra ellos cuando, siendo ministro, jamás se paró tras el atril del CICYP por considerar a esa entidad como exageradamente liberal.

  • Aprensión

  • Todos saben, sin embargo, que ésa no fue la razón de las ausencias: cierta aprensión a complicaciones o represalias impusieron la premeditada falta. Y hubo una diáspora en el almuerzo pues no estuvo la Unión Industrial Argentina (a menos que se piense que el abogado laboralista Daniel Funes de Rioja es su representante), tampoco la Bolsa de Comercio, menos la Cámara de Comercio (léase Carlos de la Vega) o la Sociedad Rural (aunque el médico y productor Norberto Videla dio el sí). No son sólo nombres de instituciones ausentes, también de conocidos por los diarios, esos eternos habitués del CICYP como Adelmo Gabbi, Horacio Fargossi, Luciano Miguens o Alberto Alvarez Gaiani. Más todavía: uno de ellos -copiando las batateadas de Luis D'Elía- hasta organizó otro almuerzo para disminuir la presencia empresaria en el CICYP.

    Alvarez Gaiani, mientras, podía argumentar una justificación: a la misma hora devoraba el mismo pescado (lenguado) con la sucesora de Lavagna, Felisa Miceli, en un recoleto rincón del Plaza, asistidos desde otra mesa vecina por sus respectivos secretarios, una dama y un caballero, quienes compitieron en amabilidades mutuas, casi en consonancia con los protagonistas. Si uno no los conociera, podrían parecer protagonistas de un novelón sentimental de la tarde. Pero nadie puede imaginar idilio entre aquellos que sólo se refirieron en gran parte del diálogo a disecar a Lavagna y a los díscolos empresarios que no colaboran con el gobierno (no es el caso de Alvarez Gaiani, naturalmente).

    ¿Será uno de ellos Félix Mantilla, cabeza de la Cámara de Exportadores y hombre de Techint, quien presentó al ex ministro en el CICYP y además propuso un brindis? Debe de figurar en la lista negra, al revés de otros que alegando su pertenencia a la cúpula del CICYP (como Norberto Peruzzotti, de ADEBA) compartieron la larga mesa del Alvear. No se sabe, en cambio, dónde inscribirá el gobierno a los titulares de la Bolsa de Cereales, quienes concurrieron sin importarles advertencias ni consejos. Se comió bien, el discurso de Lavagna -como casi siempre- fue tedioso (de economía global) y sólo al responder las preguntas levantó la temperatura cuando dijo que trabajaba (aceptando que será candidato) por una sociedad más abierta y democrática, «alejada del apriete y del llamado telefónico». Werthein debe de haber agradecido que no desatara ninguna polémica; ya había pasado su propio Vía Crucis por atreverse a invitarlo. Curiosa o sabiamente, Lavagna evitó mencionar a los empresarios «testaferros». Debe de ser porque no hay que hablar de los ausentes.

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