18 de octubre 2006 - 00:00

No pasa nada o no cambia nada

De la lectura de los diarios, de las entrevistas radiales (o de la falta de ellas) con economistas o dirigentes empresarios, de los diálogos con los clientes o con amigos, surge la sensación de que (en términos económicos) «no pasa nada». Pero, no es que no pase nada, sino que en realidad no cambia nada.

El nivel de actividad, impulsado por el consumo, sigue creciendo a buen ritmo; los acuerdos de precios sirvieron para contener el crecimiento del IPC y para reducir algo las expectativas inflacionarias; y la posición fiscal (a pesar de la magnitud del incremento del gasto, tanto a nivel nacional como de las provincias) sigue siendo relativamente sólida. Ahora bien, ¿que nada cambie es bueno o debemos preocuparnos? Se podría pensar como algo bueno o deseable que nada cambie. Después de todo, más allá de los imponderables relacionados con un cambio abrupto del escenario internacional o el advenimiento de una crisis energética, el escenario más probable de aquí a las elecciones es que la recuperación económica siga gozando de buena salud, que la economía siga generando empleo y que la inflación no se vuelva una pesadilla.

Pero, a medida que empezamos a pensar en un horizontemás largo, la necesidad de que algunas cosas empiecen a cambiar hoy para hacer sustentable el crecimiento económico de mañana se torna más evidente.

La insuficiencia de inversiones privadas en proyectos de largo plazo pone una cota a la disponibilidad de infraestructura (energía y logística), lo cual tiende a limitar el crecimiento potencial de la economía. En realidad, hace mucho, inclusive desde antes de la crisis de 2001/2002, que invertimos menos de lo que deberíamos, y hoy se comienzan a sentir las consecuencias de ello.

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