La iniciativa que sacó a los mercados del atolladero, este viernes, no la tomó la administración Bush, sino Barack Obama. El anuncio de que Tim Geithner será el próximo secretario del Tesoro liberó al Dow Jones de una caída de 1% para empujarlo al frenesí de un alza final de 6,5%. Es el perfil de la transición hasta el 20 de enero -cuando Obama debe asumir la presidencia- lo que está en discusión. Se sabe que la crisis financiera no otorga respiro; nada sería más nefasto que la política le ceda los tiempos promoviendo una «impasse» del todo inoportuna. Cuando, la semana pasada, Henry Paulson, el actual secretario, manifestó que no utilizaría el segundo tramo de recursos asignados al Plan TARP (los u$s 350.000 millones remanentes para completar el paquete de u$s 700.000 millones), sorprendió sobremanera por restringirse en sus propios límites de acción con tamaña antelación. E inoculó el virus de la inquietud.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Estados Unidos tiene un solo presidente en ejercicio. Obama podrá disponer del tramo no utilizado recién cuando asuma. Pero faltan casi dos meses completos. Y la crisis acelera. Los u$s 60.000 millones que le quedan libres de asignación a la administración Bush son suficientes para tareas de mantenimiento, pero no para contener una embestida a fondo. Desde ya, atarse las manos por adelantado es una invitación gratuita a recibir una estocada. Y el propio Paulson, dos semanas atrás, se propinó el primer corte. Anunciar que no compraría activos en problemas de la banca -después de sostener fervorosamente lo contrario- abrió las heridas de un tejido financiero muy frágil. No tardó mucho en manar sangre en abundancia.
Si la administración Bush se autolimita en sus funciones y la gestión de Obama no comienza hasta finales de enero, aquí hay un problema serio que Paulson dejó en evidencia. La diferencia entre la crisis actual y un gran incendio es que, en condiciones de vacío, la crisis, lejos de consumirse, más se inflama.
El presidente electo es un complejo enigma a develar. ¿Cuánto peor, mejor para Obama? ¿Será un nuevo Roosevelt? Por fortuna, el temporal económico y financiero no permite esconder las cartas. Designar a Tim Geithner al frente del Tesoro es una respuesta contundente para cerrarles el paso a las conjeturas. No está en el interés de Obama, por lo visto, dejar que la erosión de la crisis avance y se torne ingobernable.
Geithner es un joven funcionario de carrera del Tesoro.Tan joven como Obama, pero mucho más experimentado en la trinchera de crisis sucesivas dentro y fuera de los EE.UU. Sin filiación partidaria, Geithner sirvió en forma destacada a las dos últimas administraciones. Conoce el paño (desde su hilado).
Se advierte que Obama es un político que no desdeña la astucia. En la interna con Hillary Clinton, exaltó la promesa del cambio. Pero a la hora de conformar su gabinete, no duda en reclinarse sobre la seguridad de lo ya conocido. Y así reflotó viejos nombres de colaboradores estrechos del ex presidente (incluyendo a su mujer). En esa línea, designar a Geithner es una respuesta brillante al temor de un vacío de transición. Refleja su voluntad de que la continuidad prevalezca por sobre la tentación de ensayar cualquier acrobacia de cambios. Desde su puesto al comando de las operaciones de la Fed, Geithner ya es una pieza clave en el combate contra la crisis. Por sus manos pasaron las decisiones técnicas más rebuscadas que forzó la tempestad. El fue quien, por ejemplo, definió el esquema que permitió el salvataje de Bear Stearns, una operación de naturaleza cuasi fiscal que la urgencia cargó sobre las espaldas de la Fed. Diseñar soluciones, sin embargo, es un quehacer compartido. La responsabilidad específica del presidente de la Fed de Nueva York es la gestión concreta de dichos arreglos, pilotear las vicisitudes del día a día y encontrar las respuestas prácticas a los imprevistos; un talón de Aquiles que mostró la conducción actual del Tesoro.
No será posible, la virulencia del cuadro lo impide, inhibirse de echar mano a todos los recursos fiscales al alcance del gobierno. Va de suyo que es mucho más probable que haya que ampliar el tamaño del plan de rescate -y comenzar, en paralelo, a trazar un programa generoso de estímulo- que atravesar los próximos dos meses sin tocar el tramo final de fondos del plan TARP. Tim Geithner puede servir, si se quiere, como implícita correa de transmisión entre la gestión actual de la crisis y el enfoque venidero, pero mientras cumpla su rol como banquero central debe ser independiente tanto del gobierno en funciones como del próximo. Pero Obama difundirá hoy el equipo económico que lo va a acompañar con roles importantes para Larry Summers, Peter Orszag y sus economistas de campaña, Jason Furman y Austan Goalsbee. Ese equipo debería comenzar a ensamblar esfuerzos con los republicanos. Ningún tema parece más propicio que el citado paquete de estímulo (el llamado Plan de Recuperación-Económica).
Instalarlo en tiempos breves facilitará la labor de la estabilización financiera protegiendo uno de sus flancos; se trata de mitigar el severo daño de la economía real y su previsible búmeran posterior sobre las finanzas. Que Obama haya dejado trascender que no revocará los recortes de impuestos del presidente Bush (permitiendo que cesen en 2011 conforme la legislación vigente) es un puente tendido para el diálogo constructivo.
Con todo, las próximas decisiones importantes deberá tomarlas la administración Bush. Es razonable que busque apoyo o consejo en las huestes de Obama, pero no que las dilate para que se resuelvan a partir de enero. Ocurre que la vorágine que asedia a la acción de Citigroup clava sus colmillos en la yugular de la banca de primerísima línea. No es posible mirar para otro lado. O fijar fecha para que lo trate luego el Congreso. Así, una segunda ronda de capitalización de bancos luce cada vez más inexorable. Los fondos que guardó Paulson con tanto celo se consumirán con la iniciativa. La duda estriba en cómo habrá que verter esos recursos. De movida, en octubre, Inglaterra no titubeó en tomar la propiedad parcial de los bancos más expuestos (como RBS o HBOS). En cambio, Paulson prefirió espolvorear capital preferido (que ni siquiera calificaba como tier 1 y si lo hizo, fue por la vía de una excepción ad hoc) sobre nueve bancos; sin hacer distinciones, en forma deliberada. Su intervención, esta vez, tendrá que ser quirúrgica y emplear capital tangible. Los mercados, en los últimos diez días, identificaron blancos nítidos. Así la nacionalización parcial, lisa y llana, sobrevuela sobre Citigroup y no muy lejos de varios de sus pares.
Dejá tu comentario