9 de marzo 2026 - 00:00

Petróleo: el termómetro que marcará el humor sociopolítico de la administración Trump

La guerra es lo de menos. Lo grave es la suba del crudo. La guerra puede seguir. El crudo sí o sí debe calmarse.

Para Donald Trump, Irán es el premio mayor, la llave de paso a un quinto del petróleo y gas natural licuado del mundo. 

Para Donald Trump, Irán es el premio mayor, la llave de paso a un quinto del petróleo y gas natural licuado del mundo. 

Imagen creada con IA

Irán es un infierno. La guerra es lo de menos. Durará cuatro semanas, aseveró el presidente Donald Trump. O cinco. Lo grave es la suba del crudo. La guerra puede seguir. Estados Unidos desplegó más de 4 mil operaciones aéreas en su ofensiva. Y solo perdió tres aviones por culpa de fuego amigo en Kuwait. El gasto militar es enorme, pero Trump lo juzga una inversión. Esta excursión rompe su promesa de América First. No obstante, el presidente la puso primero en la agenda. Ya concretó el buyout de Venezuela. Groenlandia no pudo ser. Cuba espera su turno. Irán es el premio mayor, la llave de paso a un quinto del petróleo y gas natural licuado del mundo. Y sobre todo al que utiliza Asia. China, por supuesto. Pero también la India, Japón y Corea del Sur. Es una oportunidad única, aunque el daño colateral no es desdeñable. Removería el principal obstáculo a una paz duradera en Oriente Medio. O lo enterrará políticamente.

Podría tomar ocho semanas, dijo el secretario de Defensa, Pete Hegseth. La guerra con oferta elástica de energía puede extenderse lo que sea necesario. Y recién completó la semana del debut. Pero el barril de crudo trepó 35%. Y los precios de la nafta en el surtidor en EEUU subieron 43 centavos de dólar el galón o 14%. Nueve centavos más, franquear el umbral de los 3 dólares y medio, activará las alarmas. Sucederá hoy o mañana. De ahí en más habrá una prisa que hasta ahora escaseaba.

Trump conduce dos campañas en simultáneo. Una, militar en Irán con fuerte apoyo de Israel (y la aquiescencia de los países suníes del Golfo). Otra, política, que se libra en el frente interno con miras a la elección de mitad de término, en la que pierde vuelo en los sondeos de opinión. 60% de la población rechaza la intervención en Irán. Su propia base de votantes se resentirá por incumplir la promesa de “no más guerras en el extranjero”. De ahí que su compañero de fórmula – el vicepresidente J.D. Vance – haga mutis por el foro.

La apuesta de Trump, esbozada por el senador Ted Cruz en febrero, es ambiciosa. Tres regímenes hostiles a los EEUU durante larguísimos años – Venezuela, Irán y Cuba – podrían caer, dijo Cruz, y dar paso a gobiernos amistosos, dispuestos a hacer buenos negocios. Suya es la mano violenta que agita las aguas. El petróleo es un aliciente obvio, pero la imagen de un Trump estadista – un guerrero, sí, pero por la pax americana de largo plazo – debería redituar en las urnas. Se votará en noviembre. La Casa Blanca puede quemar varias semanas en el intento. Debe cuidar, eso sí, el número de bajas estadounidenses, los aumentos de precio en el surtidor y que Wall Street no sucumba a un ataque de nervios y obligue a abortar la operación.

Trump fue increíblemente exitoso en junio con la Operación Martillo de Medianoche. “El programa nuclear iraní fue obliterado”, dijo después del martillazo de los bombarderos B52. Acto seguido, forzó el cese del fuego entre Israel e Irán. La maniobra completa llevó 12 días. El estrecho de Ormuz permaneció siempre abierto a la navegación. “Le salvé la vida al Ayatolá Alí Jameneí (y ni siquiera dio las gracias). Un hombre de fe no debería mentir y decir que ganó la guerra”, posteó en Truth Social. Aun quejoso, Trump no promovió entonces un cambio de régimen.

La Operación Furia Épica comienza, pues, con la decapitación del gran sobreviviente del capítulo previo (junto con la eliminación de medio centenar de altos funcionarios del gobierno). El Ayatolá Jameneí tuvo su oportunidad, como la tuvieron Maduro y los chavistas, y no la aprovechó. Que lo suceda su hijo, otro clérigo, es “inaceptable”, sostuvo el presidente. No le darán la posibilidad después de haber matado a su padre. Sin ambages, Trump expresó lo que pretende. “Tengo que participar en el nombramiento, como con Delcy (Rodríguez) en Venezuela”, apuntó como quien cita la jurisprudencia.

Desde ya, las diferencias entre Venezuela e Irán son abrumadoras. ¿Cómo confundir el joropo y las maracas con la memorización del Corán? Pero la oferta es la misma: ¿Quién se percibe como Delcy capaz de gobernar el país y cuenta con los medios para hacerlo? No será un religioso. Tal vez, un oficial encumbrado de la Guardia Republicana. No le espera el Paraíso. Pero, como a los Rodríguez y los Diosdado, sí la preservación de la vida y los privilegios, y el ejercicio del mando con el visto bueno de Washington y fuera de su lista negra. La guerra podrá durar cuatro o cinco semanas. Enhebrar una transición así puede llevar toda la vida y no conseguirse nunca. Que una rebelión popular ocurra es previsible, que se afiance en el poder es dudoso. La desestabilización persistente de Irán (y la región) es un escenario no deseado, pero altamente probable que la Furia Épica provoca y que considera como un trastorno que sabrá manejar. Es presumible que nada resultará más dañino en el tiempo.

El estrecho de Ormuz, el talón de Aquiles

Dada la superioridad militar aplastante, el talón de Aquiles inmediato de la operación es el estrecho de Ormuz. En junio, con una intervención quirúrgica fulminante, no fue un problema. En la Guerra Irán-Irak en los años ochenta, aun durante la guerra de los buque-tanques, la navegación se mantuvo a pesar del hundimiento de navíos bajo la lluvia de misiles. Y, sin embargo, el precio del crudo, más allá de la reacción inicial, se redujo de forma sostenida ante la avidez de Irán por ingresar divisas. Una estrategia que aspire a que la campaña militar rescate y potencie la cruzada electoral, como mínimo, debe imponerse en Ormuz y aislar los efectos de la guerra sobre los precios de la energía. Salvando las distancias, Vladimir Putin lo logró cuando anexó Crimea en 2014, pero no pudo repetirlo tras la invasión a Ucrania en 2022.

La fuerte suba de los precios del crudo, sobre todo jueves y viernes, permite dudar sobre la solidez de la estrategia elegida. Y obligó a tomar más medidas específicas sobre la marcha. Ni EEUU ni Israel, en sus miles de incursiones aéreas, eligieron como blanco a los activos petroleros importantes de Irán. Pero Teherán sí atacó una planta de GNL en Qatar y la terminal petrolera de Fujairah en los Emiratos Árabes. Hirió así un nervio ultrasensible. El estrecho de Ormuz continúa físicamente operable, pero se cerró al comercio – con menos del 10% del tráfico normal - por la cancelación de las coberturas de seguros y la multiplicación a la estratósfera de las primas.

Trump se comprometió a mantener el estrecho abierto. Lo dijo el jueves, y lo repitió el viernes. La Administración anunció un programa estatal de reaseguros a cargo de la Development Financial Corporation (DFC) con una cobertura rotativa de 20 mil millones de dólares. También anticipó la escolta naval a los convoyes. Y el apoyo táctico de la aviación. Un tercer portaaviones – el Gerald Ford – navega en dirección al Golfo. Son promesas fuertes en la dirección correcta. Pero estar en condición de ejecutarlas llevará más tiempo que el que se estima que va a durar la guerra.

Esto no es (todavía) una crisis de energía. No es Ucrania 2022 después de la invasión de la Rusia de Putin. La Agencia Internacional de Energía lo enfatiza: “Hay crudo abundante en el mercado internacional. No existe escasez”. Y es cierto, pero el (minutero del) reloj apremia. La intrusión en Ucrania disparó los precios del crudo por encima de los 120 dólares en el acto. Y los mantuvo arriba de los 100 dólares durante varios meses en 2022. En perspectiva, las sanciones impuestas a Rusia suponían bloquear el acceso a 7 millones de barriles diarios (mientras el gas siguió fluyendo por el gasoducto Nordstream). Clausurar Ormuz, solo en términos de crudo, involucra 20 millones. En cuatro semanas, incluso si Arabia Saudita logra revertir 3 o 4 millones de barriles diarios de su producción hacia el Mar Rojo, y si se deprime el consumo por el salto de precios, el mundo tropezará con un faltante de más de 10 millones de barriles diarios. A mano alzada, 10% de la demanda global. Esto no es Ucrania 2022. Pero será mucho peor en el cortísimo plazo, si no se atiende pronto el problema.

La actividad bélica puede durar semanas. Cuatro, ocho o lo que sea. Ucrania lleva cuatro años y continúa sin solución a la vista… y los mercados no se rasgan las vestiduras. Pero si el tapón de Ormuz no se remueve, Trump tendrá que cambiar de planes. Una o dos semanas más como la que pasó lo forzarán a desensillar. Deberá cantar victoria y despejar los flujos de producción y comercio de energía, o arriesgarse a un sacudón en Wall Street (y en la opinión pública) y tener que aflojar lo mismo, pero de urgencia. Un shock adverso de energía es una visita al peor de los mundos. Amén de multiplicar las presiones inflacionarias, es un frenazo brusco al crecimiento en una economía que gracias a su política migratoria ya destruye empleo neto. Por último, reavivará el rechazo de los votantes que se quejan de que no les alcanza la plata (y ahora menos).

La audacia en Irán requiere una ejecución muy precisa. Trump deberá sorprender con un remate magistral como lo hizo en la Medianoche de junio. Si no es así, le convendrá dar un paso al costado y beneficiarse del rally de alivio. Si se hiciera a tiempo, los próximos días, por ejemplo, sería un movimiento muy poderoso. En definitiva, Irán no es la única pieza en su tablero de ajedrez. Mal jugada, puede voltear a las demás y arruinar toda la partida. El presidente sostuvo una guerra con la FED de Powell para que bajase las tasas, sin el éxito que ansiaba. Insistirá para que su reemplazo, Kevin Warsh, las reduzca a partir de junio. Pero el fantasma de la guerra (la silueta de Ormuz, en realidad) ya comenzó a espantar a las tasas largas. Hoy sería imposible rebajar las tasas cortas sin destruir la reputación. A menos que la economía se zambulla en una recesión. Lo que haría peor el remedio que la enfermedad. Trump apostó fuerte. Tiene un poderío militar asombroso a su servicio. Eligió el momento, y el adversario, y se ocupó de descabezar su conducción. Pero le servirá de poco si no elige con acierto la estocada final.

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