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15 de julio 2008 - 00:00

Retenciones: las lecciones del pasado

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Argentina fue el granero del mundo hasta que, equivocando el rumbo, adoptó políticas que interrumpieron el sostenido proceso de crecimiento que le habían permitido posicionarse en un sitial de privilegio entre los países más prósperos y avanzados del mundo. Este proceso no sólo fue espectacular en el plano económico, también lo fue en el progreso cultural y político. Decisiones inteligentes en materia de educación y salud pública que luego fueron traducidas en verdaderas políticas de Estado, hicieron de nuestro país un refugio para millones de inmigrantes que escapaban al hambre o la intolerancia que eran moneda corriente en los países de origen y que, paradójicamente hoy, se presentan como modelos a seguir en el mundo civilizado.

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La producción y las exportaciones agrícolas crecieron de manera casi ininterrumpida desde los años de la Organización Nacional hasta la crisis del 30, cuando el sector agropecuario entra en un prolongado período de estancamiento. Mientras el campo languidece, florece en los círculos intelectuales un estéril debate sobre las causas que originan ese estancamiento. Sociólogos, filósofos, economistas y agrónomos debaten durante años buscando desentrañar las causas remotas por las que en las tierras más feraces del planeta se produce cada vez con menores rendimientos y mayores costos. La concentración de la propiedad, el latifundio para algunos, el minifundio para otros, la frivolidad de la clase terrateniente, el rechazo a la modernidad, la aversión al riesgo, el origen inapropiado de la inmigración, la pereza del hombre de campo y hasta el pobre gaucho fueron objeto de sesudos análisis que intentaban explicar lo que décadas más tarde apareció como una verdad demasiado sencilla y obvia para ser tenida en cuenta dentro del rigor intelectual. Porque lo único que el sector agropecuario necesitaba era un horizonte de rentabilidad, acompañada por reglas claras y permanentes.

Cuando finalmente éstas aparecieron, el sector pegó un salto extraordinario, pocas vecesregistrado por país alguno en la historia contemporánea. La producción agropecuaria -computando los principales cultivos- salta de 30 millones de toneladas a 60 millones en apenas 15 años. Este espectacular crecimiento se logra además en un escenario internacional difícil, con un tipo de cambio desfavorable y con financiamiento oneroso.

Este capítulo de la historia no es obra de un solo factor: participan por igual la libertad de comerciar la producción, la privatización y modernización de los puertos, el despliegue de una moderna infraestructura, la estabilidad de las reglas juego que, sumadas a la eliminación de las retenciones, crearon el clima propicio para incentivar la extraordinaria inversión en tecnología y maquinaria que permitieron duplicar los rindes promedio de pocos años atrás.

El nuevo siglo trae aparejado modificaciones importantes en el escenario internacional: aparece una demanda que crece por encima de las posibilidades de atención de la oferta y que marca un cambio de carácter estructural y llamado a perdurar por los próximos años. Para enfrentar este cambio, el país responde ampliando la frontera agrícola, incorporando al mapa productivo zonas que hasta poco tiempo antes eran ocupadas por una ganadería de baja productividad o con cultivos con escaso rendimiento.

Más de 3,7 millones de hectáreas se incorporan a la producción nacional en los últimos años, la mayor parte de ellas dedicada al cultivo de la soja, que es el que mejor se adapta a las condiciones desfavorables de las tierras marginales de menor aptitud agrícola. La producción pega otro salto extraordinario: de las 60 a las 100 millones de toneladas, esta vez en apenas 8 años. El proceso permite que por primera vez en décadas, numerosas localidades del interior de las provincias más pobres dejen de ser expulsoras de población para convertirse en verdaderos polos de atracción hacia los cuales fluye población, comercio y cultura.

  • Inversión

    Esta gran transformación se hizo posible gracias a las innovaciones tecnológicas incorporadas por la mayoría de los productores que invirtieron y apostaron a una actividad que ofrece ahora la oportunidad de una rentabilidad posible y que anteriormente estaba negada por un escenario económico y normativo que la restringía. Con el aumento de los precios internacionales impulsado por una demanda en continuo crecimiento, se torna viable la incorporación al circuito productivo de miles de productores de las regiones marginales.

    La oferta total de un país siempre se construye por la suma de todas las producciones individuales alineadas en orden creciente según su costo medio mínimo.

    El costo medio mínimo más bajo se corresponde casi siempre con las producciones en grandes superficies y en las tierras de mayor aptitud o cercanas al puerto de embarque, que es el punto de referencia a partir del cual se determina el precio. El costo medio máximo, por el contrario, corresponde casi siempre a pequeñoschacareros o productores de las zonas marginales.

    Cuando el Estado impone un tributo a las exportaciones, lo que hace en la práctica es rebajar artificialmente el precio que percibirá el productor por la venta de su producto. La medida tiene el mismo efecto que tirar hacia abajo la curva de demanda, como si los compradores pagaran un menor precio por cada unidad ofrecida. El resultado inmediato de esta política es expulsar de la producción nacional a los chacareros que trabajan con mayores costos, que son aquellos con los campos más pequeños y en las zonas marginales.

    El impacto sobre los más débiles es una consecuencia obligada de este tipo de tributo. En contra de la creencia generalizada, sobre todo entre quienes adhieren a posturas que se autocalifican como progresistas, las retenciones son impuestos de naturaleza regresiva, que impactan siempre sobre los productores más pequeños y desprotegidos de las zonas marginales. Los castiga obligándolos a pagar el mismo impuesto por tonelada vendida que a un gran productor de las zonas más fértiles del país, cuyo rinde por hectárea es significativamente más elevado.

    Esta es la razón por la que los pequeños y medianos productores son los que con mayor ímpetu adhieren a la protesta y se oponen a las retenciones. Cualquier sea la alícuota que se imponga vía retenciones, siempre los castiga primero a ellos, haciéndolos trabajar a pérdida primero y después obligándolos a abandonar la actividad, para terminar arrendando o vendiendo su propiedad a otros productores más grandes.
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