Andrés Asiaín, director del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (C.E.S.O.).
La política cambiaria debe sopesar los puntos a favor y en contra de cada alternativa. En materia financiera, una elevación rápida del dólar y posterior estabilización, evita comportamientos especulativos como el stockeo de granos a la espera de su valorización interna a un ritmo de devaluación esperado superior al rendimiento de otras inversiones financieras en pesos. Sin embargo, una suba abrupta incrementa rápidamente los costos de insumos y maquinarias importadas de las empresas, y los precios internos de las materias primas de exportación. El posterior traslado a precios de los bienes finales por la parte empresarial, puede derivar en reclamos de mayores incrementos salariales en paritarias. Luego viene el pase a precios de los mayores salarios por parte de los empresarios, que previsiblemente conduzca a reclamos sectoriales de una mayor devaluación, llegándose al punto de partida en materia de fuga de divisas pero con una mayor tasa de inflación.
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La suba gradual del dólar tiene menor impacto en materia de inflación, pero estimula comportamientos especulativos de atesoramiento de divisas que merman las reservas y generan expectativas de devaluación (y, por lo tanto, una mayor especulación en divisas), que dificultan las chances de estabilizar el mercado cambiario. Una devaluación gradual, pero sigzagueante en el corto plazo, puede incrementar los costos de la especulación cambiaria, pero no es gratis en materia de incertidumbre.
En cuanto a la cuestión distributiva, el impacto de la política cambiaria, sea que se escoja la opción de cambios graduales o abruptos, depende del resultado que se alcance en materia de tipo de cambio real. Si el resultado es un más elevado valor real del dólar, la distribución del ingreso favorece a los exportadores en desmedro de quienes tienen sus ingresos vinculados al mercado interno (sean empresarios, profesionales u operarios).
Vale aclarar, que un más elevado valor real del dólar, no garantiza la solución de la pérdida de reservas, ya que el impacto de la competitividad, en materia de exportaciones e importaciones es muy bajo. Sin embargo, puede reducir las importaciones si la redistribución del ingreso generada por el mayor valor del dólar, deprime la actividad productiva y la inversión, con sus consiguientes menores compras de insumos y maquinaria importada. En definitiva, el impacto del valor real del dólar sobre la cuenta corriente dependerá de sus efectos finales en materia de distribución del ingreso, competitividad y nivel de actividad.
Sin embargo, la obtención de la estabilidad cambiaria, al menos en el corto plazo, dependen crucialmente de la cuenta capital, y de lograr revertir las expectativas de que la especulación con la divisas rinde más que la inversión productiva y financiera interna (hecho que sólo se vincula con los aspectos que hacen a la cuenta corriente en el largo plazo). Al respecto, si se toma el camino de una suba acelerada del dólar, la posterior estabilización depende crucialmente de tomar medidas compensatorias que reduzcan su impacto distributivo, y eviten una aceleración inflacionaria que en pocos meses provoque nuevas especulaciones devaluatorias.
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