No es un secreto, lo han dicho las urnas en las elecciones para gobernador que se hicieron hasta ahora, que el punto débil de la fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos está en las ciudades grandes del país y que sólo un triunfo amplísimo en el conurbano bonaerense podrá compensar esa situación.
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Quizá por eso el gobierno sigue insistiendo en aumentar los subsidios al transporte en esas zonas y olvidarse de las protestas del resto del país, que recibe montos infinitamente menores.
La diferencia en cómo se distribuyen esos fondos sigue siendo abrumadora: de los $ 1.228 millones que se otorgaron en subsidios al transporte -en 2006 en ese lapso fueron $ 609 millones-: 85,3 por ciento fueron para el área metropolitana y 14,7 por ciento para el resto del país.
Eso explica, en parte, que un boleto mínimo de colectivo cueste $ 0,75 en la Capital Federal, contra $ 1,20 en Mar del Plata o Rosario, o $ 1,10 en Mendoza, ciudades donde, además, existen algunos medios de transporte estatales. Mientras los subsidios de Ricardo Jaime a las grandes empresas de transporte automotor y ferrocarril crecen en el área metropolitana, como denunció ayer el defensor del pueblo, Eduardo Mondino, en la Córdoba natal del secretario de Transporte, el colectivo sigue costando 50 por ciento más que en la Capital Federal.
Origen
El problema de la discrecionalidad en la distribución de los subsidios se origina en el momento en que se decide otorgarlos. Una corriente de opinión explica que, entre otras razones, el Estado subsidia para evitar migraciones. Lo hacen los Estados Unidos y la Unión Europea con sus productores agropecuarios, primero para garantizarles precio y rentabilidad, y ahora para controlar los volúmenes de producción.
En la Argentina, los criterios parecen ser otros: se subsidia en los centros urbanos -casi un incentivo a seguir concentrando el país-y se deja de lado el interior.
Algo similar ocurrirá con la decisión del gobierno de subsidiar a los supermercados para garantizar que el kilo de papa se venda en esos comercios a $ 1,40 y los productores la coloquen en el mercado a $ 1,35. Para eso el Estado entregará a los grandes supermercados y los autoservicios «chinos» un subsidio de $ 0,30 por kilo. El derrame de este incentivo en el interior es más que dudoso.
Más allá de la discusión sobre la viabilidad de la medida y la posibilidad fiscal de mantener en el tiempo los millonarios subsidios que hoy se reparten por todo sentido, ¿será factible que los $ 0,30 por kilo le lleguen también a los verduleros de Santa Fe que ayer ofrecían la papa a $ 3 o a los de los pueblos jujeños? De nuevo las grandes ciudades serán las beneficiadas, algo a lo que el país ya se ha acostumbrado.
Ingenio
Basta con recordar que el gas de red en las zonas más acomodadas del país sigue costando unos $ 0,15 el metro cúbico, mientras que la misma medida en las garrafas consumidas por las zonas menos desarrolladas debe pagarse por encima de $ 1,20, una relación que no ha cambiado en los últimos años.
Se deberá desarrollar el ingenio porque ése parece ser hoy el camino: mientras la papa ya tiene también su subsidio, con decreto publicado en el Boletín Oficial, se negocia una compensación para el tomate, que con ese incentivo, obviamente, ahora no bajará de precio.
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