En su gira por Arabia Saudita y Egipto, Barack Obama abogó una vez más por el inicio de una nueva relación entre el mundo islámico y EE.UU. Fue la reiteración de un compromiso adquirido durante la campaña presidencial, refrendado en su discurso de asunción y, hace un mes, ante el parlamento turco. Así, en su exposición de ayer en la universidad de El Cairo, volvió sobre los conceptos de mutua confianza, no confrontación y superación del pasado. Cambios en la relación hacia una política «soft» que, para muchos, podría quedarse en mera cosmética bien intencionada. Sobre todo frente a Irán, un Estado islámico «halcón» que presenta hoy dos enigmas: si desarrolla o no la bomba atómica y si el resultado electoral de este 12 de junio influirá o no en un mejor entendimiento con Washington.
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Respecto de la cuestión nuclear, el Gobierno de Mahmud Ahmadineyad insiste, como siempre, en que en sus plantas de uranio sólo se genera electricidad. Mientras se espera para hoy otro informe de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica) sobre Irán, el presidente Obama viene de hacerle un guiño cómplice al Estado persa: el martes, ante la BBC, calificó a las preocupaciones de Teherán sobre la energía como «legítimas». Y barrió, por ahora y bajo la alfombra, las sospechas de un rearme nuclear iraní. Es parte de la estrategia sustentada en Washington por el asesor presidencial Dennis Ross, por la que se le daría más soga, hasta fin de año al menos, al Gobierno persa para hacer sus deberes y acercarse a EE.UU. y Occidente.
Este levantamiento temporario de las presiones sobre Teherán no es apoyado por Richard Holbrooke, el enviado especial de la Casa Blanca para Afganistán y Pakistán, que pide, de modo urgente, mayor compromiso y definiciones de parte de los iraníes.
Algo de eso ya ocurrió: el miércoles, la fuerza aérea de ese país comenzó a monitorear la frontera con Pakistán en la región de Baluchistan. Una ayuda que, según The Washington Post, se enmarca dentro de un paquete de novedades concretas y prácticas.
Por un lado, por primera vez en casi una década, el Departamento de Estado autorizó a su cuerpo diplomático a invitar a sus pares iraníes a los festejos del próximo 4 de julio. Por el otro, mientras Obama se encontraba en plena visita a sauditas y egipcios, el canciller iraní, Manucher Motaki, se reunía en París con el presidente Nicolas Sarkozy. Mottaki es el funcionario persa de más alto rango en ser recibido en el Palacio del Elíseo en muchos años. Y precisamente, 48 horas antes del desembarco de Obama en Francia. No se precisa demasiado para adivinar que la cuestión nuclear fue lo que ocupó la agenda del iraní y el francés.
Mientras tanto, las elecciones presidenciales esperan su definición el 12 de junio en Irán. Las encuestas muestran una polarización entre el presidente Ahmadineyad y el moderado Mir Husein Musaví. Sobre la mesa de debate están dos temas: la declinante economía y el aislamiento del país.
Musaví (ministro de Economía durante la guerra Irán-Irak, 1980-88) y quien fuera favorito del ayatolá Jomeini, brega por un acercamiento al mundo globalizado.
Especulaciones
No está claro aún si Musaví sería un amigo para EE.UU. Sí se sabe que de la concurrencia a votar dependerá quién gane el viernes 12. Se especula que a Ahmadineyad lo beneficiaría una escasa asistencia a las urnas (su techo estaría en los 13 millones de votos, sobre un total de 46 millones de votantes).
Pero, triunfe quien triunfe, en Irán el poder seguirá estando en el ayatolá Alí Jamenei, que acaba de cumplir 20 años como líder religioso supremo. Es él quien dirige la política exterior, controla las FF.AA., los servicios de inteligencia y tres poderes del Estado. Además de la economía. Ése es el islam al que Obama debe seducir con su política «soft».
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